Manuel Linares Alarcón

El abuelo que conocí a través de una fotografía

Por José Manuel Linares Espil

Una fotografía puede permanecer durante décadas guardada entre los recuerdos de una familia sin que nadie sospeche todo lo que contiene.

La que dio origen a estas páginas me la hizo llegar mi prima Amelia Batani. Es una antigua fotografía de la familia Linares Alarcón. Entre varias personas aparece, al fondo, un joven de lentes oscuros.

Es mi abuelo, Manuel Linares Alarcón.

En la imagen se encuentra también Rosendo Batani Billings, esposo de Amelia Linares Alarcón, hermana de Manuel, vínculo del que procede la rama Batani Linares de nuestra familia.

Yo nací el 16 de enero de 1974. Manuel murió en Acapulco el 26 de enero de 1975.

Nuestras vidas coincidieron durante exactamente un año y diez días.

De manera que puedo decir que conocí a mi abuelo, aunque no tuve edad suficiente para conservar un recuerdo suyo.

Más de medio siglo después, aquella fotografía me llevó a formular una pregunta aparentemente sencilla:

¿Quién había sido realmente Manuel Linares Alarcón?

La respuesta comenzó a aparecer entre periódicos antiguos, libros, crónicas de Acapulco y Chilpancingo, registros biográficos y recuerdos familiares. Y detrás del joven de lentes oscuros apareció un periodista, escritor, maestro, funcionario público y hombre vinculado durante buena parte de su vida al Derecho y a la historia de Guerrero.

De Chilpancingo al Derecho y al periodismo

Manuel Linares Alarcón nació en Chilpancingo, Guerrero, el 11 de junio de 1902, hijo de Juan Linares y María Luisa Alarcón.

Después de realizar sus primeros estudios en su ciudad natal se trasladó a la Ciudad de México. La Enciclopedia Guerrerense lo registra como integrante de la generación 1920-1924 de la Escuela Nacional Preparatoria. Posteriormente ingresó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia, donde cursó hasta el tercer año sin concluir la carrera.

No obtuvo el título de abogado, pero el Derecho terminaría ocupando una parte importante de su vida: entre 1934 y 1943 se desempeñó como agente del Ministerio Público y juez en Guerrero. La memoria familiar conserva entre los lugares relacionados con aquella etapa a Huamuxtitlán, Tlapa, Tixtla y Tecpan de Galeana, aunque todavía falta reconstruir documentalmente la secuencia precisa de sus nombramientos.

Antes de aquella etapa judicial había aparecido ya otra de sus grandes vocaciones.

En 1929, con 27 años, su nombre se encuentra vinculado con una nueva época de Regeneración, periódico relacionado con la historia política de Acapulco y con el movimiento encabezado años antes por Juan R. Escudero.

Las crónicas de Anituy Rebolledo Ayerdi refieren que la publicación fue dirigida sucesivamente por Vicente Espinosa Álvarez y Manuel Linares Alarcón, a quien describe como “maestro y poeta”. La imprenta funcionaba en Progreso número 3 y aquella experiencia tuvo un desenlace violento: el taller fue atacado y la prensa terminó, según esas crónicas, arrojada al mar desde La Quebrada.

El episodio permite entender algo fundamental: el periodismo acompañó a Manuel desde muy joven y habría de hacerlo durante décadas.

El escritor y Arquero

Durante la década de 1940 Manuel publicó tres obras: Chinchorro, en 1944; Un cuento más, en 1945, y Pitahaya, novela corta, en 1947.

El subtítulo atribuido a Chinchorro resulta particularmente expresivo: Libro de vidas, costumbres, episodios y dichos de Chilpancingo. Las personas, expresiones y costumbres de su ciudad natal se convertían así en materia literaria. Décadas después de su muerte, en 1990, el Ayuntamiento de Chilpancingo reunió nuevamente su obra bajo el título de Chinchorro.

Pero Manuel no abandonó el periodismo.

En Trópico de Acapulco, publicación iniciada en 1939, colaboró durante aproximadamente 25 años. Su columna se llamaba Saetas y utilizaba para firmarla un seudónimo particularmente apropiado: Arquero.

Una saeta se dispara: es breve, directa y busca un blanco. Las referencias biográficas describen aquella columna precisamente como un espacio de crítica y sátira. Durante años, los lectores de Trópico reconocieron así a Arquero detrás de aquellas páginas.

De todos los documentos que han aparecido durante esta búsqueda hay uno que todavía quisiera encontrar especialmente: una de aquellas Saetas.

La página, el texto, la firma de Arquero.

Porque encontrarla significaría poder volver a leer directamente a Manuel.

Maestro y servidor público

En las crónicas del antiguo Acapulco existe una palabra que acompaña con frecuencia el nombre de Manuel: maestro.

Fue profesor de Literatura en secundaria y preparatoria, aunque su recuerdo parece haber quedado especialmente ligado a esta última. Las reconstrucciones de los primeros años de la enseñanza preparatoria en Acapulco lo incluyen entre los profesores que participaron en su desarrollo.

La docencia parece una prolongación natural de las otras facetas de su vida: el periodista escribía, el autor publicaba libros y el maestro enseñaba Literatura.

También desempeñó diferentes responsabilidades públicas. Las fuentes biográficas lo relacionan con la Junta Federal de Mejoras Materiales, con funciones vinculadas a la administración de aguas y con otras responsabilidades federales. Fue además secretario del Ayuntamiento de Acapulco, cargo en el que una crónica municipal permite situarlo al comenzar 1955.

Era el Acapulco que comenzaba a transformarse aceleradamente en uno de los destinos turísticos más conocidos de México. Su propia familia participó en aquellos primeros años del hospedaje: Casa Amelia, de Rosendo Batani y Amelia Linares, hermana de Manuel, aparece documentada entre las casas de huéspedes del puerto en los años treinta.

Manuel fue testigo —y en alguna medida partícipe— de aquella transformación.

La tarde de Caletilla

Hay un episodio que permite imaginarlo en un momento y lugar precisos.

21 de mayo de 1955.

Ese día abrió sus puertas la Plaza de Toros Caletilla. En la corrida inaugural participaron Juan Silveti, Jorge “Ranchero” Aguilar y Curro Ortega, con toros de Pastejé.

En el palco de autoridad estaba Manuel.

Las crónicas históricas lo identifican expresamente como el primer Juez de Plaza de Caletilla, y una de ellas lo presenta como “poeta y maestro de literatura”.

La descripción me parece particularmente significativa.

Aquel hombre que no terminó Jurisprudencia había sido agente del Ministerio Público y juez; había participado en periódicos, publicado libros y enseñado Literatura.

Y aquella tarde de 1955 volvía a ocupar simbólicamente el lugar del juez.

Esta vez frente a un ruedo.

El retrato que encargó mi padre

Existe otra imagen de Manuel que ocupa un lugar especial en nuestra familia.

Mi padre, José Manuel Linares Valencia, quiso conservar el rostro del suyo y encargó al pintor guerrerense Hugo Zúñiga Guzmán que realizara su retrato.

La obra tiene una particularidad: no muestra a Manuel en un único momento. En la imagen principal aparece joven, elegantemente vestido; debajo aparece nuevamente su rostro, pero muchos años después.

El joven y el hombre mayor conviven en un mismo cuadro.

La pintura permanece hoy conmigo. Se encuentra en mi privado, en el privado principal de Linares & Asociados.

No deja de resultarme significativo que sea precisamente allí donde esté.

Mi abuelo cursó estudios de Jurisprudencia y, aunque no concluyó la carrera, posteriormente fue agente del Ministerio Público y juez. Décadas después, su retrato preside el espacio desde el cual su nieto ejerce profesionalmente el Derecho.

Cuando observo esa pintura encuentro en ella algo que probablemente mi padre nunca imaginó cuando la encargó.

De alguna manera, ese cuadro representa también esta búsqueda: distintas edades y distintas facetas de un mismo hombre.

El abuelo que conocí a través de una fotografía

Ahora vuelvo al punto donde comenzó todo.

A aquella fotografía que me hizo llegar Amelia Batani.

Allí sigue Manuel: joven, al fondo, con sus lentes oscuros.

Cuando recibí la imagen conocía algunas historias de mi abuelo. Hoy, al mirarla nuevamente, quizá sería más correcto decir que ahora comienzo realmente a verlo.

Yo nací el 16 de enero de 1974. Manuel Linares Alarcón murió en Acapulco el 26 de enero de 1975.

Durante un año y diez días, abuelo y nieto coincidimos en este mundo.

No tengo recuerdos de él.

Pero más de medio siglo después una fotografía permitió iniciar una conversación que el tiempo no nos permitió tener.

He podido seguir algunas de sus huellas por Chilpancingo y Acapulco; por la Escuela Nacional Preparatoria y Jurisprudencia; por los tribunales de Guerrero; por Regeneración y Trópico; por sus libros y sus aulas; por el Ayuntamiento y por aquella tarde inaugural de Caletilla.

Y todavía me falta encontrar algo.

Una Saeta.

Algún ejemplar de Trópico en el que, debajo de una crítica o una ironía, aparezca la firma: Arquero.

Porque ese día ocurrirá algo que ninguna biografía puede sustituir.

Ya no estaré leyendo lo que alguien recuerda de mi abuelo.

Ni lo que un historiador escribió sobre él.

Ni siquiera lo que nuestra familia ha conservado durante generaciones.

Estaré leyendo a Manuel.

Y quizá ésa sea la razón por la que aquella vieja fotografía llegó hasta mí:

para permitirme conocer, tantos años después, al abuelo que no tuve tiempo de recordar.

Pies de imagen

Fotografía familiar. Manuel Linares Alarcón aparece al fondo, con lentes oscuros. En la imagen se encuentra también Rosendo Batani Billings, esposo de Amelia Linares Alarcón, hermana de Manuel. Fotografía proporcionada al autor por su prima Amelia Batani. Archivo familiar.

Manuel Linares Alarcón en dos etapas de su vida. Retrato realizado por el pintor guerrerense Hugo Zúñiga Guzmán, por encargo de José Manuel Linares Valencia, hijo de Manuel. La obra, actualmente propiedad de José Manuel Linares Espil, se conserva en el privado principal de Linares & Asociados. Colección de la familia Linares Espil.