
Dra. Maricela López Trejo
En mi reciente visita a la Costa Chica de Guerrero me encontré con paisajes: que invitan a comprenderlos, sentirlos y contribuir a su conservación. La ruta que enlaza Marquelia (Barra de Tecoanapa), Copala (Playa Azul) Cuatepec ( Rancho El Capire) articula mar, lagunas, manglares, selva baja caducifolia, gastronomía y memoria comunitaria. Dentro de este recorrido, Rancho El Capire se proyecta como punta de lanza al convertir el patrimonio natural y familiar en experiencias de aprendizaje, bienestar y convivencia con sentido.
El viaje comienza en Marquelia, puerta de entrada a un territorio donde las comunidades conservan conocimientos ligados a la pesca, la cocina, la agricultura y el aprovechamiento responsable de sus ecosistemas. Desde ahí, el recorrido conduce hacia Barra de Tecoanapa, lugar en el que el río Quetzala se encuentra con el mar y crea un paisaje de gran valor ambiental y cultural.
En sus humedales conviven distintas variedades de mangle —rojo, blanco, negro y botoncillo—, además de aves, iguanas, ardillas y otras especies. El paseo en lancha me permitio observar este entorno y conocer, mediante la interpretación local, la función que cumplen los manglares como refugio de fauna, protección costera y fuente de sustento para las familias. La muestra de pesca y la gastronomía de Palapa Evelyn nos acercaron a la vida cotidiana de la comunidad y a los sabores frescos de la región.
La ruta continúa hacia Playa Azul, en el municipio de Copala. Allí, nuestra experiencia en kayak por la laguna de Las Salinas nos ofreció una mirada distinta al paisaje: el desplazamiento silencioso favorecio la observación de aves residentes y migratorias, el conocimiento de la producción artesanal de sal y el encuentro con pescadores que trabajan en canoas. El acompañamiento del guía acreditado y el registro fotográfico nos ayudaron a transformar el paseo en una experiencia interpretativa, no únicamente recreativa.
Al caer la tarde, el recorrido se interno en el paisaje rural hasta llegar a Rancho El Capire, en Zihuapoloya. La bienvenida por sus Anfitriones Alejandro e Itzel fue muy emotiva, el alojamiento en Casa Magdalena y una infusión de “Sueño de Limón” anunciaron el sello del lugar: hospitalidad serena, contacto con el campo y atención a los pequeños detalles. El rancho no funciona solamente como punto de hospedaje; se convierte en el eje desde el cual la naturaleza, la historia familiar y la participación comunitaria adquieren significado.
El bienestar, cultura, gastronomía, educación ambiental y turismo emocional. Inicia con una sesión matutina de respiración consciente, estiramientos y atención plena —Paz de Campo— invita a silenciar el ruido exterior, sentir la tierra y establecer un vínculo con el entorno. Después, el desayuno “Amanecer en El Capire”, servido bajo el tejaban con las recetas de la abuela nos muestro que la cocina tradicional también es una forma de narrar el territorio.
Las actividades del rancho nos hicieron sentir muy activas. Iniciamos con el taller “Borda tu historia”, donde plasme mis siglas dándole una vivencias en una pieza textil. Enel taller “Barro y alma de El Capire”, con la arcilla convertí este medio en una forma de liberar tensión y darle forma a las emociones. El baño de manantial, acompañado de la bebida Verde Capire, y la comida “La Sabaneada de Don Rogelio” completan una jornada de bienestar y tradición sentí en forma placentera.
Al anochecer, Disfrute la “Noche de Brasas” en esta práctica se recupera lo esencial de las comunidades: al reunirnos para compartir relatos, mitos y recuerdos. En ese espacio, la convivencia deja de ser un servicio programado y se vuelvio un encuentro entre los anfitriones y yo. Ese intercambio humano es una de las mayores fortalezas del turismo comunitario, porque reconoce que la comunidad no es un escenario, sino la protagonista y portadora de su propia historia.
La tercera jornada comienzó con la “Pajareada Ruta El Capire”, lo que es el aviturismo comunitario en la selva baja caducifolia. Con binoculares, telescopio terrestre, aplicaciones móviles y actividades como el bingo de la naturaleza, aprendi a observar, escuchar e identificar aves. El acompañamiento de Germán Santos Rosario y la ecóloga Luz Mariana Martínez fortalecio el senderismo interpretativo con conocimientos ambientales e historia del lugar.
Cabe destacar que el rancho dispone de recorridos con distintos grados de dificultad. La Ruta El Capire que recorrí está pensada para niñas, niños, personas mayores y visitantes con movilidad limitada; la Ruta Ocelote amplía la exploración por senderos de la selva; y la Ruta del Mesón y Los Chicos propone un desafío mayor entre arboledas, microclimas y puntos de observación de aves y mariposas. Esta diversidad permite atender diferentes intereses y capacidades, al tiempo que fomenta una relación respetuosa con la naturaleza.
La “Experiencia con las Abejas”, guiada por un apicultor con con equipo de protección, complemento el aprendizaje, el proceso de producción de miel y, sobre todo, la importancia de la polinización para los ecosistemas y la alimentación. Esta actividad demuestro que la conservación se vuelve más significativa cuando se observa, se comprende y se vincula con la vida diaria.
Uno de los rasgos que distingue a Rancho El Capire es la manera en que convierte la memoria familiar en patrimonio compartido. Visite el Museo Histórico y Cultural dedicado a Don Rogelio Rivera Garibay donde se resguarda herramientas de trabajo, herraduras, arreadores, utensilios, fierros marcadores, fotografías, sombreros y monturas. Estos objetos ,me explicó Itcel fuero el esfuerzo de generaciones dedicadas al campo
La visita al árbol del Capire, guardián simbólico del rancho y homenaje a Don Rogelio, me puso a reflexionar sobre las raíces, el legado y el agradecimiento. Así también en forma complementaria, la parota dedicada a Doña Lena que significa el cuidado y el refugio materno. Bajo su sombra, la dinámica “El refugio de la Madre Tierra” me invito a escuchar el entorno, recordar a una figura protectora y escribir un mensaje de gratitud. Estas experiencias requirieron mi sensibilidad y respeto, porque me aporto la profundidad al viaje y me fortalecio el vínculo entre patrimonio natural y memoria afectiva.
Rancho El Capire puede considerarse punta de lanza porque integra, los recursos que con frecuencia se promocionan por separado: alojamiento rural, cocina tradicional, interpretación ambiental, talleres artesanales, bienestar, aviturismo, apicultura y memoria comunitaria. Además, funciona como nodo articulador de otros emprendimientos de la ruta, como los prestadores de servicios de Barra de Tecoanapa, Palapa Evelyn y Ruta Encanto Playa Azul. Así, el valor turístico se distribuye entre distintos actores y localidades.
Cebe destacar que existen protocolos de seguridad, con accesibilidad gradual, capacitación continua de guías, manejo adecuado de residuos, protección de manglares y senderos, y mecanismos transparentes para que los beneficios lleguen a las familias participantes. También se mide la satisfacción del visitante y, al mismo tiempo, se escucha a la comunidad para evitar que el crecimiento altere su vida cotidiana o degrade los ecosistemas que sostienen la ruta.
La Ruta de la Costa Chica propone una forma de viajar más consciente: recorrer el territorio con curiosidad, aprender de quienes lo habitan y dejar una huella positiva. Marquelia abre la puerta; Barra de Tecoanapa revela el encuentro del río con el mar; Playa Azul invita a navegar lentamente entre manglares; y Rancho El Capire ofrece raíces, descanso, saberes y comunidad. En esa alianza, Guerrero encuentra una oportunidad para mostrar que el turismo puede ser una herramienta de conservación, identidad y bienestar compartido.
“Viajar por la Costa Chica es encontrarse con su naturaleza; vivir Rancho El Capire es comprender las raíces que la sostienen.”
