Tradwife: ¿nostalgia del hogar o nostalgia de un orden desigual?

Valeria Aylin Hernández Muñoz

 

Con una estética de los años 50’s, platillos hechos en casa, familias numerosas y un arraigo a los roles de género tradicionales, decenas de mujeres han inundado las redes sociales donde dejan en claro su total apoyo al movimiento: Tradwife (esposa tradicional). ¿Pero qué es este movimiento y por qué debería de importarnos?

Mientras muchas mujeres continúan defendiendo los derechos conquistados por generaciones anteriores, otras reivindican de manera genuina un modelo de vida basado en los roles tradicionales del hogar. El debate deja de ser doméstico cuando algunas voces del movimiento comienzan a cuestionar derechos políticos que parecían incuestionables. El movimiento tradwife ha cobrado una fuerza inusitada en los últimos meses en plataformas sociales como Tiktok e Instagram, no obstante, no fue sino hasta el Women’s Leadership Summit 2026 llevado a cabo en estados unidos en donde retomaron con más fuerza, en boca de las mismas, temas relacionados a las decisiones políticas y las dinámicas familares.

De este encuentro, las declaraciones de Erika Kirk, viuda del activista político conservador Charlie Kirk, traspasaron las pantallas generando debate sobre poner “fin” al voto femenino, y en su lugar: el household voting; es decir: otorgar el voto al patriarca de la familia al considerar a los hogares como una unidad indivisible y política.

Si bien, lo preocupante de esto no son las declaraciones de esta índole sino el nivel de resonancia e identificación que está teniendo no solo con mujeres estadounidenses sino de otras partes del mundo. Centrándonos específicamente en el derecho al voto, hay que recordar que esta fue una de las principales consignas del movimiento feminista en el siglo pasado, donde las mujeres exigían ser reconocidas como ciudadanas con plenos derechos; el primer país en permitir el sufragio femenino fue Nueva Zelanda en 1893; años más tarde el 18 de agosto de 1920 fue ratificada la Decimonovena enmienda de la constitución estadounidense permitiendo el derecho al voto a cualquiera en dependencia de su sexo.

Por su parte, para México, tuvieron que pasar casi tres décadas para poder finalmente el 17 de octubre de 1953 con el presidente Adolfo Ruiz Cortines ejercer el derecho al voto femenino. El sufragio femenino no surgió de la nada. Fue el resultado de mujeres que, desde distintos espacios, ampliaron el horizonte de los derechos femeninos. Hermila Galindo desafió las estructuras políticas; Elvia Carrillo Puerto abrió camino en la representación pública; Rosario Castellanos y Elena Garro cuestionaron desde la literatura los límites impuestos a las mujeres; y mucho antes, Sor Juana Inés de la Cruz había defendido el derecho femenino al conocimiento cuando esa sola idea parecía impensable.

 

La lista no termina aquí…

 

Continúa y continuará mientras existan mujeres que recuerden la historia de quienes las antecedieron; de aquellas en cuyos hombros podemos apoyarnos para hoy contemplar un horizonte más amplio.

Quizá la verdadera pregunta no sea si una mujer puede elegir libremente quedarse en casa (porque precisamente esa posibilidad también es fruto de la libertad conquistada), sino qué ocurre cuando, en nombre de esa elección, se comienza a cuestionar el derecho de las demás a elegir un camino distinto.