
Por Dr. Carlos de la Peña Pintos
En Acapulco, la economía informal no es un fenómeno marginal: es parte central de la vida diaria. Miles de familias dependen del comercio ambulante, el autoempleo, los servicios eventuales y trabajos sin contrato, sin seguridad social y sin prestaciones. En Guerrero, la informalidad laboral se mantiene entre las más altas del país: INEGI reportó 72.3% en el primer trimestre de 2025, 71.9% en el segundo y 71.6% en el tercero.
En Acapulco, diversos reportes locales estiman que hasta 6 o 7 de cada 10 empleos se mueven en la informalidad, especialmente en comercio, turismo, venta ambulante y servicios de subsistencia. No se trata sólo de “gente vendiendo en la calle”; se trata de personas que trabajan todos los días, pero sin incapacidad pagada, sin jubilación, sin crédito formal, sin guardería, sin seguro médico y sin una vejez protegida.
La desigualdad también tiene rostro de mujer. En el perfil nacional de vendedores ambulantes informales, Data México señala que 57.4% son mujeres, con salario promedio de $3,340 pesos mensuales, frente a $5,060 pesos en hombres. Esa diferencia refleja una doble carga: trabajar para sobrevivir y, al mismo tiempo, sostener cuidados familiares no remunerados.
Tras huracanes, crisis económicas o procesos de reconstrucción, la informalidad suele crecer como mecanismo de emergencia. Cuando no hay empleo formal suficiente, la calle se convierte en oficina, mostrador y refugio. Pero sobrevivir no debe confundirse con vivir dignamente.
El gran problema no es que la gente quiera evadir la formalidad; muchas veces la formalidad simplemente no está a su alcance. Formalizar no puede significar perseguir al ambulante, decomisar mercancía o criminalizar la pobreza. Debe significar abrir caminos reales: seguridad social gradual, créditos accesibles, espacios dignos de venta, capacitación, simplificación fiscal y protección para la vejez.
Porque detrás de cada puesto informal hay una pregunta incómoda para el Estado y para la sociedad: ¿qué futuro espera a quienes han trabajado toda su vida, pero nunca pudieron cotizar, ahorrar o pensionarse?
Acapulco no sólo necesita reconstruir hoteles, avenidas y zonas turísticas. Necesita reconstruir certezas. Y una de las más urgentes es que trabajar todos los días no debería condenar a nadie a envejecer sin protección.
Ante este panorama que sucederá con los jóvenes trabajando en la informalidad ?
El verdadero drama de la informalidad quizá todavía no lo vemos completo. Está creciendo una generación de jóvenes que trabaja mucho, pero construye muy poco patrimonio social para el futuro.
Muchos jóvenes en Acapulco y en gran parte de Guerrero viven entre empleos temporales, plataformas digitales, ventas ambulantes, pequeños negocios familiares o trabajos sin contrato. Generan ingresos inmediatos, pero quedan fuera de los sistemas que tradicionalmente daban estabilidad: seguridad social, ahorro para el retiro, créditos de vivienda, incapacidades médicas o pensiones.
La consecuencia puede ser profunda y silenciosa.
Un joven que hoy trabaja veinte o treinta años en la informalidad probablemente llegará a la vejez sin una pensión suficiente, sin ahorros sólidos y muchas veces con enfermedades crónicas acumuladas. Es decir: la precariedad actual puede transformarse en pobreza geriátrica masiva dentro de dos o tres décadas.
Y existe otro efecto igual de preocupante: la normalización de la incertidumbre.
Cuando una generación crece pensando que no tendrá jubilación, estabilidad laboral ni acceso real a vivienda o salud, cambia incluso su manera de entender el futuro. Se posterga la formación de familias, disminuye el ahorro, aumenta la migración y se instala una sensación permanente de fragilidad social.
Paradójicamente, muchos de estos jóvenes sí trabajan intensamente. No son generaciones “sin esfuerzo”; son generaciones atrapadas en economías que ya no garantizan movilidad social aunque exista trabajo. Ese es el gran cambio histórico.
En ciudades como Acapulco, además, la dependencia del turismo vuelve todo más vulnerable. Un huracán, una crisis económica, una pandemia o una temporada baja pueden destruir en semanas los ingresos de miles de personas que no tienen red de protección.
La pregunta entonces deja de ser económica y se vuelve ética y política:
¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo si millones de jóvenes trabajan todos los días, pero aun así no pueden construir un futuro seguro?
Porque el riesgo no es únicamente individual. Una sociedad con grandes masas de adultos mayores sin pensión, sin ahorros y con enfermedades crónicas terminará presionando enormemente a las familias, al sistema de salud y a las finanzas públicas.
La informalidad ya no puede verse sólo como un indicador laboral.
Es, en realidad, uno de los grandes desafíos sociales y humanos del México del futuro.
Cuál es la realidad del bono demográfico en Acapulco, en el estado de Guerrero y México?
El bono demográfico es, en teoría, una gran oportunidad histórica: ocurre cuando la población en edad de trabajar supera ampliamente a la población dependiente (niños y adultos mayores). Si un país logra generar empleos formales, educación y productividad en ese momento, puede crecer aceleradamente y construir bienestar.
El problema es que México está llegando al final de ese bono demográfico sin haber resuelto plenamente la informalidad, la desigualdad y la baja productividad. Y en lugares como Acapulco y Guerrero, esa oportunidad ha sido todavía más limitada.
México: un bono demográfico que empieza a agotarse
México vivió su mayor ventana demográfica entre finales de los años noventa y la década de 2020. Hoy todavía existe una gran población joven y económicamente activa, pero el envejecimiento ya comenzó a acelerarse.
El problema central es que gran parte de esa población trabaja en condiciones precarias:
* Más del 54% del empleo nacional sigue siendo informal.
* Más de 32 millones de mexicanos trabajan sin seguridad social.
* Una proporción importante gana menos de lo necesario para cubrir necesidades básicas.
Eso significa que México tuvo millones de personas en edad productiva… pero una gran parte nunca logró integrarse plenamente a sistemas de ahorro, pensiones o productividad formal.
En otras palabras: el país tuvo juventud, pero no logró convertir completamente esa juventud en desarrollo estructural.
Guerrero: el bono demográfico más vulnerable
En Guerrero la situación es más delicada porque el bono demográfico coexistió con:
* pobreza persistente,
* baja industrialización,
* limitada inversión privada,
* migración,
* empleo turístico estacional,
* y una informalidad superior al 70–75%.
Eso provoca una paradoja muy dura:
Guerrero tiene población joven disponible para trabajar, pero carece de suficientes empleos formales y productivos para absorberla.
Entonces el “bono” pierde fuerza y se convierte más en un mecanismo de supervivencia que de crecimiento económico.
Muchos jóvenes sí trabajan, pero en actividades de baja productividad:
* comercio ambulante,
* mototaxis,
* servicios eventuales,
* plataformas,
* autoempleo precario,
* economía turística temporal.
Es decir: hay actividad económica, pero poca acumulación de riqueza social y poca protección futura.
Acapulco: entre juventud e incertidumbre
Acapulco refleja claramente esa contradicción.
La ciudad conserva una enorme fuerza laboral joven vinculada al turismo, comercio y servicios. Pero buena parte de esa energía económica ocurre fuera de la formalidad.
El turismo genera ingresos rápidos, pero frecuentemente:
* sin contratos,
* sin estabilidad,
* sin pensión,
* sin seguro social,
* y altamente vulnerable a crisis externas.
Huracanes, pandemias o caídas turísticas pueden destruir en semanas los ingresos de miles de familias.
Por eso Acapulco vive una realidad compleja:
* tiene población joven,
* tiene capacidad de trabajo,
* tiene actividad económica,
* pero no necesariamente tiene movilidad social sostenida.
El verdadero riesgo: envejecer antes de hacerse rico
Los países desarrollados primero se hicieron ricos y después envejecieron.
México corre el riesgo contrario:
envejecer sin haber construido suficiente bienestar.
Y en estados como Guerrero el riesgo es aún mayor:
envejecer con millones de personas que trabajaron toda su vida en la informalidad.
Ahí está el gran desafío del próximo cuarto de siglo:
¿quién sostendrá social y financieramente a generaciones enteras que trabajaron durante décadas sin cotizar, sin ahorrar y sin pensión suficiente?
Porque el bono demográfico no dura para siempre.
Y cuando termina, lo que queda visible son las fortalezas… y también todas las desigualdades que no se resolvieron.
