Manual para tratar con controles remotos huidizos

(Breves consejos para convivir con objetos domésticos rebeldes)

Lo primero que usted debe saber, es que los controles
remotos, a diferencia de otros objetos domésticos, tienen
voluntad propia. No está científicamente comprobado, pero
es una certeza compartida por millones de personas. Este
pequeño manual parte de esa premisa universalmente
aceptada.
Al llegar a casa, los controles remotos aparentan una
actitud obediente. Esperan inmóviles, alineados sobre la
mesa o escondidos discretamente en los cojines del sofá.
Durante el día, parecen simples objetos electrónicos,
obedientes e inofensivos. Sin embargo, al caer la tarde,
especialmente cuando usted quiere ver su serie favorita,
comienzan a desplazarse en absoluto secreto.
Los primeros intentos por hallarlos serán
ingenuamente optimistas. Mirará debajo de los sillones,
dentro del refrigerador (sitio habitual donde jamás deberían
estar), e incluso buscará en lugares tan absurdos como el
baño o la alacena. Naturalmente, no los encontrará. El
control remoto, experto en juegos de escondite, sabrá
esperar pacientemente hasta que usted pierda la calma.
Una vez aceptado que ha desaparecido, intentará
sustituirlo por otro control disponible, casi siempre el del
aire acondicionado. Convencido en su desesperación,
apuntará tercamente hacia el televisor mientras oprime con
furia botones equivocados, exigiendo inútilmente una
respuesta que nunca llegará. La televisión, desde luego,
permanecerá indiferente ante su insistencia, y el aire
acondicionado responderá encendiéndose, satisfecho, pero
también algo confundido por tanta atención inesperada.
Justo en ese momento comprenderá usted que ha
caído en la trampa cuidadosamente tejida por los controles
remotos.

Su plan no es simplemente esconderse, sino
desconcertarlo, poner en duda la coherencia de su existencia
cotidiana, recordarle suavemente que el orden que creemos
gobernar es apenas una ilusión.
Cuando finalmente reaparezca el control remoto de
la televisión (habitualmente en el sitio exacto donde ya lo
había buscado tres veces), lo hará con absoluta naturalidad,
sin dar explicación alguna. No se deje engañar por su
aparente indiferencia. Tómelo en sus manos, obsérvelo
fijamente, y pregúntele en voz alta, muy claramente y con
cierta autoridad filosófica:
—¿Dónde has estado?
Él no responderá, por supuesto. Pero no importa,
porque usted ya conoce la respuesta. Los controles remotos
no se pierden, simplemente deciden tomarse pequeñas
vacaciones de nuestra realidad cotidiana. En el fondo, esa
rebeldía discreta debe aceptarse como algo inevitable, como
la lluvia, como el tiempo, como los caprichos del azar.
Si alguien lo sorprende interrogando a su control
remoto, simplemente explique con tranquilidad absoluta:
—Todo lo que parece inanimado también merece, de
vez en cuando, un poco de libertad.
Luego siéntese cómodamente frente a la televisión,
mientras el aire acondicionado, que ha sido encendido
involuntariamente, sigue enfriando la habitación en silencio
cómplice.