Dr. Ricardo Guillé Memije
La procrastinación y la urgencia son dos fuerzas opuestas que influyen profundamente en
cómo tomamos decisiones y gestionamos nuestras vidas. Posponer tareas es un hábito muy
común en nuestra sociedad y tiene sus raíces en complejos factores psicológicos y sociales.
Al mismo tiempo, vivimos en un mundo que exige rapidez, donde la urgencia por alcanzar el
éxito se percibe como la única vía hacia el reconocimiento. Sin embargo, ambos enfoques
tienen pros y contras, y entenderlos puede ayudarnos a mejorar nuestra productividad y
calidad de vida.
La palabra procrastinación proviene del latín procrastinare, que significa “dejar para mañana”.
Aunque este hábito a menudo es considerado negativo, la procrastinación no es simplemente
una muestra de pereza o desinterés. Es un fenómeno psicológico relacionado con el miedo al
fracaso, la búsqueda de perfección, y en ocasiones, la falta de claridad en las metas. A lo largo
de la historia, la procrastinación ha sido señalada como un enemigo de la productividad.
Edward Young la describió como “el ladrón del tiempo” en su poema Night Thoughts de 1742,
aludiendo a cómo este hábito nos roba minutos, horas y días que no se recuperan. Otros,
como Charles H. Brown, la ven como un ladrón de alegría, porque al postergar las
experiencias y oportunidades, sacrificamos la satisfacción del presente.
En contraste, el sentido de urgencia ha sido promovido como una respuesta a este problema.
La urgencia impulsa a tomar decisiones rápidas y a evitar retrasos que puedan comprometer
nuestros resultados. Desde los enfoques motivacionales hasta la filosofía del éxito, como la
propuesta por Napoleon Hill en su obra Think and Grow Rich, se destaca que actuar
rápidamente y con determinación es la clave para aprovechar las oportunidades. Hill sostiene
que el pensamiento positivo y la acción inmediata son esenciales para alcanzar metas
personales y financieras. La urgencia puede convertirse en una poderosa motivación para ser
productivo y avanzar, sin embargo, también presenta desventajas.
Uno de los beneficios de la urgencia es que reduce la indecisión y nos ayuda a mantener el
enfoque en lo importante. La presión temporal actúa como un catalizador de la eficiencia,
logrando que nos concentremos en las tareas prioritarias y dejemos de lado las distracciones.
Este sentido de urgencia también nos permite responder mejor ante imprevistos y cambios,
desarrollando la resiliencia en situaciones de estrés. No obstante, cuando se exagera, la
urgencia puede desencadenar problemas de salud como la ansiedad y el agotamiento, ya que
mantener el ritmo de una vida acelerada requiere grandes dosis de energía mental y física.
La procrastinación, por otro lado, aunque generalmente tiene connotaciones negativas, puede
ser un momento para reflexionar y planificar. Cuando evitamos actuar de inmediato, podemos
tener el tiempo necesario para evaluar las tareas y tomar decisiones mejor informadas. Cyril
Northcote Parkinson, en su irónico análisis sobre la administración, Parkinson’s Law: The
Pursuit of Progress, señaló que “el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para
su realización”. Esto sugiere que, al poner plazos más largos, podríamos aprovechar para
mejorar la calidad de nuestro trabajo y reducir la probabilidad de errores apresurados. Sin
embargo, el problema ocurre cuando la procrastinación se convierte en un círculo vicioso de
evasión que nos lleva a la inacción y, por ende, al retraso constante de nuestras metas.
Entonces, ¿cómo podemos balancear ambos enfoques en nuestra vida diaria? La clave está
en adoptar un término medio: planificar, priorizar y evitar decisiones impulsivas, pero también
aprender a tomar acción cuando sea necesario. Aprovechar los beneficios de la reflexión y, al
mismo tiempo, actuar con determinación puede ayudarnos a mantener el equilibrio entre la productividad y el bienestar. Los aforismos de Mason Cooley, recogidos en City Aphorisms,
recalcan que la procrastinación es “el asesino de la oportunidad,” pero a veces, actuar de
manera demasiado apresurada también puede hacernos perder la oportunidad de hacer las
cosas bien.
En mi caso durante varios años había tenido la intención de escribir un libro; incluso inicié un
par; sin embargo fallaba en la constancia y después desistía; el año pasado tomé la decisión
recuperar una colección de poemas permaneció guardada durante más de 15 años en un
archivero. Sentía que mi primera publicación debía tener un tono serio y acorde con mi
trayectoria académica. Sin embargo, esa misma espera terminó por poner en pausa una parte
de mí que ansiaba ver la luz. Fue solo cuando decidí hacer de este sueño una prioridad que
descubrí el poder de atender lo verdaderamente significativo.
En la vida diaria, la procrastinación nos puede privar de logros profundos, mientras que la
urgencia de dar un paso hacia adelante puede abrir puertas insospechadas. Cuando dejamos
de esperar el momento perfecto y nos permitimos atender nuestras verdaderas aspiraciones,
no solo logramos éxito, sino que nos conectamos con una versión más auténtica y plena de
nosotros mismos.
La procrastinación y la urgencia no son intrínsecamente buenas ni malas; más bien, son
herramientas que, bien gestionadas, pueden enriquecer nuestra vida y ayudarnos a alcanzar
nuestros objetivos sin sacrificar nuestra salud mental. En un mundo acelerado que nos impulsa
a actuar de inmediato, quizá sea prudente pausar, reflexionar y decidir cuándo la urgencia es
nuestra aliada y cuándo, simplemente, necesitamos un respiro para no convertir nuestras
metas en un peso abrumador.
