
Valeria Aylin Hernández Muñoz
Septiembre llega vestido de verde, blanco y rojo. Es el mes patrio, el momento en que México se mira a sí mismo entre banderas, fiestas, canciones y símbolos que nos recuerdan quiénes somos. Pero, ¿qué ocurre cuando intentamos responder esa pregunta?
Alan Riding encuentra una posible respuesta en el dolor: “No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy.”
Hablar de la identidad mexicana es apelar a la historia de nuestros ancestros, a un pasado incrustado en el imaginario colectivo nacional que traspasa las barreras del tiempo. Solo se nombra lo que existe.
Me permito hacer a un lado las formalidades para incluirme en la partícula definitoria de este escrito: “Nos”. Nos encontramos en una constante búsqueda de identidad, estancados en un vaivén de dicotomías: antiguo y moderno, conservador y liberal, indígena y español, orden y caos. Y es en esta ambigüedad donde los binarismos se fracturan para dar pie al común denominador de nuestra historia: el mestizaje.
La complejidad de la naturaleza mexicana radica en aceptar la consistencia de las inconsistencias que provocan dolor en la explicación existencialista del propio ser. Somos conquistados y conquistadores; habitamos un “pasado continuo”, mas no constante.
Referirnos a la naturaleza del mexicano y la mexicana es hablar también de una doble moral: la calidez convive con la violencia; el ritual con el desorden; la fiesta con el luto. Vivimos para trabajar, trabajamos para morir y, en ocasiones, desvaloramos la vida como si fuera un preámbulo a algo mejor. Es decir: habitamos la muerte.
En nuestra amplia paleta de colores, en las flores, los vestidos, la música, las reuniones y las tradiciones encontramos aquellas ideas con las que crecimos y que parecen cobrar sentido aquí, y nada más que aquí. No allá ni acá. Aquí. En el corazón mismo.
Samuel Ramos escribió: “Hasta ahora, los mexicanos han aprendido solamente a morir, pero ya es hora de que adquieran el conocimiento de la vida.”
¿Qué es la vida para un mexicano o una mexicana?
Trivialidad.
Es justamente esta invisibilización de lo cotidiano, de lo usual y su normalización lo que encierra la nucleicidad de la identidad mexicana: la familia, la fiesta, el albur, las palabras cargadas de doble sentido, las canciones que hablan de corazones rotos y ese intento de vestir a la muerte como una constante de vida.
Por eso, en este septiembre patrio, quizá valga la pena preguntarnos algo más allá de la celebración: ¿quiénes somos cuando dejamos de mirarnos a través de los símbolos?
Hablar del dolor es tildar una constante de la historia mexicana: sufrimiento cargado de orgullo y confusión, de fiesta y luto; de no saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos.
Ni de aquí, ni de allá.
Paridos con el mismo dolor.
Porque cada parto es único, dotado de sentido para quien lo vive.
Forjados en un vientre ultrajado, lleno de mescolanzas. Gestados a base de conquistas, independencias, revoluciones y movimientos.
Paridos sin anestesia, desgarrando el hueco de la vida con dolor.
Pero no de parto, sino de la peor parte…
La vida.
El vivir.
El verdadero dolor.