México 2026. Campeones en hospitalidad | Propuestas y Soluciones

Jorge Laurel González

Las personas olvidarán lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo las hiciste sentir.”

Maya Angelou (4 de abril de 1928-28 de mayo de 2014)

 

El Mundial de Fútbol 2026 no solamente puso a rodar un balón. También movilizó aviones, hoteles, restaurantes, comercios, transportes, museos, mercados, cocinas y sueños. México recibió 13 partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, dentro del torneo más grande de la historia: 48 selecciones, 104 encuentros y tres países anfitriones. Además, el Estadio Ciudad de México se convirtió en el primero del mundo en albergar por tercera ocasión un partido inaugural. Esa exposición constituye una vitrina turística que difícilmente podría comprarse mediante una campaña.

La numeralia explica la dimensión de la oportunidad. Antes del torneo, la Secretaría de Turismo estimó la llegada de 5.5 millones de visitantes vinculados al Mundial, una derrama superior a 60 mil millones de pesos y la creación de 24 mil empleos directos. Al 2 de julio, cuando todavía faltaban jornadas mundialistas, la Concanaco Servytur calculaba que ya se habían generado alrededor de 45 mil millones de pesos y que la cifra podría alcanzar 65 mil millones al concluir la competencia. Debemos aclarar que son estimaciones y que el balance definitivo requerirá datos consolidados, pero la tendencia confirma un impacto considerable.

Los resultados locales también son reveladores. La Cámara de Comercio de la Ciudad de México calculó una derrama superior a 22 mil 678 millones de pesos, más de 1.1 millones de visitantes, un gasto promedio cercano a 22 mil 500 pesos por persona y aproximadamente 80 mil empleos temporales. En Jalisco, autoridades y organismos turísticos reportaron una derrama mayor a 11 mil millones de pesos, con beneficios que se extendieron más allá de Guadalajara hacia Puerto Vallarta, los Pueblos Mágicos y otros destinos estatales. El Mundial demostró que un partido puede durar noventa minutos, pero su cadena económica alcanza semanas, ciudades y regiones enteras.

El contexto nacional fortalece esta lectura. Entre enero y abril de 2026, México recibió 34.5 millones de visitantes internacionales, quienes dejaron 13 mil 259 millones de dólares. De ellos, 16.5 millones fueron turistas, con un crecimiento de 5.5 por ciento respecto al mismo periodo anterior. Es decir, el Mundial llegó a un país que ya mostraba dinamismo turístico y amplificó su visibilidad internacional. La pregunta importante no es cuánto dinero entró durante unas semanas, sino cuántos visitantes regresarán, recomendarán México y se convertirán en promotores espontáneos de nuestros destinos.

Por eso debemos aspirar a ser campeones en hospitalidad. No basta con tener estadios llenos, playas hermosas, gastronomía extraordinaria y ciudades con historia. La competencia decisiva se juega en el trato cotidiano: en el taxista que orienta sin abusar, el hotel que cumple lo prometido, el restaurante que presenta una cuenta clara, el comercio que respeta el precio anunciado, el policía que auxilia, el guía que cuenta una historia memorable y el ciudadano que recibe al extranjero con cortesía.

Los precios justos son parte de la hospitalidad. Aprovechar una demanda extraordinaria no debe convertirse en pretexto para improvisar tarifas, esconder cargos, duplicar precios o tratar al visitante como una oportunidad irrepetible de ganancia. El abuso produce ingreso inmediato, pero destruye reputación, confianza y futuras recomendaciones. Un turista satisfecho puede regresar muchas veces; uno engañado comunica su experiencia en minutos a miles de personas. En la era de las redes sociales, cada cuenta, reseña, fotografía y comentario puede convertirse en promoción gratuita o en una advertencia mundial.

Vender experiencias significa ofrecer mucho más que una cama, un platillo o un traslado. Significa integrar hospitalidad, identidad, seguridad, limpieza, accesibilidad, información y emoción. Un visitante debe poder asistir a un partido y, al mismo tiempo, descubrir un mercado, probar una receta regional, escuchar música mexicana, conocer una zona arqueológica, comprar artesanía auténtica y conversar con quienes dan vida al destino. El turismo contemporáneo no solamente consume servicios: busca historias que pueda contar.

Esta visión debe beneficiar también a los destinos que no fueron sede. El viajero que llegó por el fútbol puede prolongar su estancia y conocer Oaxaca, Puebla, Querétaro, Guanajuato, las rutas de Jalisco, el Caribe, el norte industrial o las playas del Pacífico. Acapulco y Guerrero deben aprovechar esa conversación mundial para ofrecer sol, gastronomía, cultura, naturaleza, tradición y capacidad de renacimiento. La promoción debe conectar aeropuertos, carreteras, operadores, hoteles, restaurantes y comunidades mediante rutas claras, paquetes transparentes y productos de calidad.

Propongo que el legado del Mundial no se mida únicamente en pesos, ocupación hotelera o boletos vendidos. Debe medirse también en capacitación, reputación, empleos duraderos, pequeños negocios fortalecidos, destinos diversificados y visitantes que decidan volver. Gobierno, empresarios, trabajadores y ciudadanos necesitamos construir una cultura nacional de hospitalidad: atención bilingüe, información confiable, protocolos de seguridad, espacios limpios, transporte ordenado, inclusión para personas con discapacidad y mecanismos ágiles de protección al consumidor.

México ya fue anfitrión tres veces. Ahora tiene la oportunidad de convertir esa hazaña deportiva en una política turística de largo plazo. El verdadero campeonato comienza cuando se apagan las luces del estadio. Se gana cuando el visitante regresa a su país y dice que México no solamente organizó partidos: lo recibió con dignidad, le cobró justamente, lo hizo sentirse seguro y le regaló una experiencia que desea repetir. Ésa debe ser nuestra meta colectiva y permanente.

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