IL VOLO, MORRICONE Y “OTTIS”

Por Patricia Segovia

Me permito sugerir escuchar el álbum de” IL Volo canta a Morricone”. Independientemente de que era lo que escuchaba todos los días de casi un mes que estuve sin luz, cable e internet, bueno, estos tres, intermitentes a partir de la segunda semana. Lo único con lo que contaba para algo de esparcimiento era el aparato para insertar CD, en mi averiado auto. Mientras hacía recorridos de casa a bodega, a buscar señal, a buscar comida,  y a veces, en mi asiento, en el estacionamiento de casa y con los ojos cerrados, escuchaba estas lindas interpretaciones que me relajaban y hacían evadirme del momento tan difícil que estaba viviendo y que, para mí, de muchas formas, no ha terminado.

 

Eran las 9 de la noche y mis hermanas me llaman diciendo que venía un huracán categoría 4. “Es 5” les aclaré. Yo aparentemente tranquila. No “ganaba” nada con mostrar temor e inquietarlas más de lo que todas estábamos. Sabiendo que no nos íbamos a salvar de la llegada de un huracán, que, hasta las 11 de la mañana, según creía, era categoría dos.   Ese mismo día, compré una lámpara recargable que era radio al mismo tiempo. Desde que tuve la experiencia con “Paulin”, procuro tener agua y comida para por lo menos, dos días.

No sé si era bloqueo mental o de plano inconsciencia, pero me mostré, razonablemente apacible y así me despedí de la llamada telefónica con mi familia

Estaba viendo una de las series que acostumbro cuando se va momentáneamente la luz. El miedo comenzó   aparecer. Me serví un mezcal y de pronto, no luz, no internet, no teléfono. Eran casi las 12 de la noche.

Me había enterado que “Ottis” tocaría tierra, entre 4 y 6 de la mañana. Comencé a escuchar el viento y que las ventanas, parecían, iban a romperse. Grave error no haber llevado a casa ninguna de las 10 o 12 cintas canela que tenía en la bodega. Busqué cinta de aislar, microporo, tela adhesiva, para poner en los vidrios. Pegué todo lo que encontré de ese tipo, pero era como ponerle un curita a una herida de 20 centímetros. Después de la una de la madrugada, mi departamento, yo sentía, se iba a desplomar en cualquier minuto. Me tiré en el piso del baño e intenté leer un libro, lo cual era imposible debido a las terribles sacudidas que provocaba ese “mounstruo”. No podía concentrarme.

Casi de inmediato, me tuve que levantar de “mi refugio” porque la recamara, estaba con gran cantidad de agua.

Saqué casi una cubeta del líquido, aguantando el, ya en ese momento, terror por las sacudidas y a la vez, entretenida exprimiendo el mechudo-trapeador

 

A las 2 de la mañana, creí que mi departamento era imposible que siguiera aguantando y continuar en pie, si esos vientos lo azotaban una hora más, menos cuatro, como se había informado.

Estaba segura que no iba a sobrevivir. Como buena atea, no pedí a ningún dios nada. Pensé “Mis hermanos, no van a permitir que me pase nada” Eso me ayudo a sobrellevar esos largos minutos, con un poco de paz, pero el miedo, el terror, el estar consciente de lo vulnerable y pequeño que somos, de lo frágil de la existencia, es muy difícil de ignorar.

 Yo me quedé con la información de qué a las seis de la mañana, entraba “Ottis”. 

A las 3 A.M., tocan a mi puerta mis vecinos para saber cómo estaba. Casi los corro porque lo peor, según yo, estaba por venir. Me aclararon que no, que ya había pasado y me preguntaron si ya había visto mi auto. ¡Obvio no! Les dije que más tarde.

Me dormí un rato alrededor precisamente de las 6 de la mañana y  aproximadamente a las 9.30, me despertaron los toquidos de mi vecina, quien me subió un caldo de pollo caliente. Ni en mis peores días pediría un caldo de pollo. Se me antoja tanto como que me saquen una muela sin anestesia, pero la solidaridad, empatía de “Karen”, me motivaron a degustarlo

Intenté sintonizar el radió y solo estática escuché

Después de comer un poco, bajé. Vivo en un quinto piso, tercero a nivel de calle. Mi auto estaba con la ventana del conductor totalmente rota, golpeado por todos lados. El parabrisas estrellado.

Mis vecinos me dijeron que ni pensara sacarlo. No se podía pasar. Yo tenía que salir a ver cómo había quedado mi lugar de trabajo, pero lo más importante; mis “perrijas y gatija”.

El lugar donde laboro no está muy lejos de mi vivienda. Lo pesado son las pronunciadas subidas y/o bajadas. No me quedó más remedio que caminar. Era de no creerse los postes, arboles, ramas, láminas, tinacos, cables y todo tipo de cosas tiradas que obstruían el camino. En el trayecto, vi como “buitres de dos patas, sin alas”, en lugar de levantar ramas y escombros, estaban rapiñando. No podía entender como había gente robando todo, desde comida hasta los anaqueles, los carritos de autoservicio. Sentí una profunda vergüenza. Un “ratero”, porque eso eran, tiraba las envolturas de una gran cantidad de artículos, en plena calle. Le dije que no se valía que hiciera eso y que si sabía que era pecado robar, me contestó “No soy católico”. Sé de personas que tuvieron que ir a buscar alimentos. Lo siento, pero no hay excusa para mí. Vivimos en zona sísmica y de huracanes. Si no lo sabemos, es que merecemos habitar una caverna. “Botiquín, agua, comida enlatada y papeles importantes” ¡Nos lo vienen repitiendo hace casi 40 años!

 

Llegué a lo que era mi lugar de trabajo. Mis perras estaban en la calle. La  puerta de dos hojas, no estaba en su lugar. Una quedó tirada dentro de lo que era la bodega, con los candados puestos. La otra en el patio de mi vecina. Algunas láminas permanecían,  pegadas a una doblada estructura que de aproximadamente seis metros, ahora medía, en ciertas partes, solo uno.

Alimenté a mis “niñas”. Mire todo con asombro y dolor. Las computadoras chorreando agua. Fotos caídas. El refrigerador con la puerta despegada, arrancada. No podía hacer nada más que barrer hojas, tierra, lodo.

Con la ayuda de mis vecinos, sobre colocamos el portón dejando a mis mascotas dentro. El regreso iba a ser pesado por las pronunciadas subidas. Me encaminé a casa, cuando de repente “Coco” mi “perrija”, brincando los obstáculos, iba a mi lado dispuesta a no dejarme sola.

Pasamos la primera noche, después de Ottis, totalmente a obscuras y en completo silencio. Gracias a las lámparas recargables, pude leer un libro que me pareció el “telenovelas” del narco.

Algo que me inquietaba superlativamente era la angustia que mí familia estaba pasando. No tenían información alguna de mí y las noticias tenían que ser espeluznantes. Estaba segura que mis hermanas ya estaban viendo la forma de llegar a Acapulco. 

Así inició el jueves

Con absoluto temor de que vandalizaran lo poco que me quedaba, regresé a la bodega.

Ya estaban muchos soldados. Les pedí ayuda y a la segunda petición, me ayudaron a guardar, detrás de una maltrecha cortina de metal, un material pesado, que yo no habría podido cargar. Les ofrecí el único dinero que tenía. Lo rechazaron y me dijeron qué, si tenía agua, me lo iban a agradecer. Les di dos de tres botellones que había de reserva. En un momento dado, le pregunté al de mayor rango que si estaban contentos con su comandante supremo. Me contestó. “Nosotros no lo escogemos. No tenemos oportunidad de votar. Nos la pasamos cuidando la elección. Lo cierto es que nos prometió mucho y solo nos ha dado más trabajo. Nos dijo que nos iba a regresar a los cuarteles y no cumplió. Pero ya es el comandante y tenemos que obedecer” Esto último, lo expresó con resignación evidente 

 

 

Desde hacía más de un año, mi sobrina y su ahora esposo, habían escogido el 28 de octubre de 2023 como la fecha para su boda. Ya estaba todo listo.

Conociendo a mi familia, no tenía duda que, mi mamá y hermanas, en vez de ir a Vallarta, lugar de la celebración de las nupcias,   vendrían a Acapulco a buscarme, por lo que pensé encontrar la forma de llegar por lo menos a Chilpancingo para tener señal y comunicarme telefónicamente.

Tardé mucho en decidirme y por fin a las 4 de la tarde, me dispuse a buscar la manera de salir de Acapulco

Un vecino se apiadó de mí y me llevo a la central de Estrella Blanca para ver la forma de conseguir transporte. 

Mi vecino me dejó y se regresó de inmediato.

 

IL VOLO, MORRICONE Y “OTTIS”

Por Patricia Segovia

PARTE II

 Le pregunté a quien parecía funcionario de la central, si había forma de abordar un autobús. Me informó que ya había salido el último camión y el siguiente sería a las 7 de la mañana 

Oscuro, sin saber que hacer pues no me podía regresar ni irme ya que una señora me dijo, en Estrella de Oro, era lo mismo. Alguien me comentó que había unos colectivos para Chilpancingo, pero que tenía que llegar a Renacimiento. Pedí “aventón” a una camioneta del Ayuntamiento, pero me dijo que imposible,  no tenían gasolina. 

Éramos varios y una camioneta de carga, nos dejó casi en la entrada del “Maxitunel. Parada en ese lugar, infructuosamente, hacía la señal de pedir  “aventón”, pero ningún auto se detuvo. ¿Transporte público? No encontré en ese momento y lugar.

De pronto veo un camión de “Turistar”   llegando y mi lógica dijo. “Si vino, se va a ir” Cruce la avenida y vi una linda y limpia camioneta de CFE. Le pedí, le rogué al conductor,  que me llevara de nuevo a la central y me hizo la seña de “no, gracias” en dos ocasiones.

Atrás venía un taxi con dos pasajeros. Me preguntaron a dónde iba. Les dije que a la central “Suba” me indicó el chófer. Nos dejó en Estrella de Oro. A un pasajero al cual le debo haberme subido y más, le cobró $200.00. a mi $150.00.

Mi, en ese momento, nuevo compañero de viaje me preguntó “y ahora, ¿Qué hacemos? Le dije “Esperamos un camión toda la noche o llegamos a Rena” 

Yo me senté resignada a pasar ahí la noche. Edwin, era su nombre,  buscaba como llegar a “Rena” 

De repente veo a una chica ¡Hablando por teléfono! Le marco a una de mis hermanas. Con mucha interferencia, logré hacerle saber que estaba bien y buscaría ir a la CDMX

Mientras esperábamos transporte para llegar a “Rena” le pregunté a Edwin de donde era. Me contestó “Mire, no acostumbro mentir. Soy de El Salvador y quiero llegar a Estados Unidos. No quise irme en “La Bestia” por eso terminé aquí”. Cómo sé de los abusos que padecen los migrantes le dije. “Di que eres de Costa Chica y habla lo menos posible. Tú, trabajas conmigo. ¿De acuerdo?”

Edwin logró que un taxi amarillo nos dejara en “Las cruces” por $50.00, c/u Ahí había taxis para Ometepec. Le pedí a uno que hiciera un viaje especial a Chilpancingo, me contestó que sí, pero por $2,500.00. Buscamos otro. Ofrecimos $1,500.00, pero no aceptaron. Yo traía solo 2 mil y Edwin pagaría lo otros $500.00. Ya en Chilpancingo, me movería con la tarjeta. 

Le dijimos al taxista que aceptábamos, pero él dijo que ya no

Nos encaminamos a Rena.

En el camino, se nos unieron otras 6 personas. Me dio risa que una señora dijo. “Vamos a seguirla. Parece que sabe”. Yo andaba más perdida que Marcelo Ebrard, tomando decisiones (Si no incluyo algo así, no sería yo)

Un par de señores que iban en una pick up, nos dieron “aventón” y llegamos al fin a Rena, dónde se nos separaron los otros y quedamos otra vez Edwin y yo

Había mucho tráfico. Nos encaminamos a la “Caseta”. Tras andar un trecho, me acerqué a dos camiones de gas y les pedí que nos llevaran a Chilpancingo. Ofrecí pagarles y no quisieron, mientras Edwin hablaba  con el conductor de una camioneta de redilas.

Me acerqué, le pedí nos llevara. Me dijo que iba a CDMX, ¡Mejor aún! No aceptaba cargar con nosotros, pero cuando le dije que le íbamos a pagar dijo sí, pero nos dejaba en Cuernavaca por $500.00 cada uno. 

Por fin, un motivo para sonreír en casi 3 días.

 

Salir de Acapulco, nos llevó cerca de dos horas. El tráfico era algo increíble. Unos metros adelante se subieron dos pasajeros más. Mary e Irving. Felipe, el conductor, llevaba como equipo de trabajo a Roberto,   Marco y Miguel, estos dos, muy jóvenes.

Pasaron a una bodega en el “30”, para verificar que no hubiera sido “rapiñada, pero tardaron más de una hora en ir y regresar ya que la carretera estaba “cortada” teniendo que recorrer dos kilómetros a pie.

Nos contaron que no habían comido más que alimentos “chatarra”, ya que se habían tardado alrededor de 8 horas en cruzar de Coyuca a la salida de Acapulco.

Yo soy muy “especial” y no me gusta tomar de la misma botella que otra persona, pero con una única de agua, pasó por todos y yo, pasé por alto los gérmenes. La sed, también es canija.

Tratando de hacer los momentos más llevaderos, empezamos a platicar. Les hice muchas preguntas, reímos un poco y más cuando nos dijeron que creyeron que Edwin y yo, éramos pareja. “Tendría muy buen gusto y mucha suerte” solté junto con una gran carcajada.

 Felipe  dijo que se iba a ir por la “pista”. 

Mientras todos los hombres se durmieron, Mary, que era joven y bonita, lucía desconfiada y un tanto temerosa. Le conté películas viejas para que estuviera menos tensa.

En Chilpancingo, se  bajó Irving, era su lugar de destino. Buscamos algo de comer. Vimos un maravilloso puesto de “fritangas”, pero ya habían vendido todo. No les quedaba ni una tortilla. En el
Oxxo más cercano, tampoco había sándwiches;  hot dogs, pizzas, jamón o pan “Bimbo”. Los jóvenes se conformaron con “Cheetos y un pedazo de queso”.

En una parada que hicieron para ir al baño, vi una caseta que no reconocí. “La autopista del Sol”, la conozco perfectamente después de transitarla durante treinta años y esa, caseta, no era parte de esa vialidad. ¿Y si nos iban a secuestrar o algo así?

No, simplemente se fue por “la libre”. Consultando la ubicación en mi celular,  marcaba Huitzuco.

Para hacer más fácil es descenso, Mary, se pasó adelante con Roberto y Felipe ya que iba a bajarse en Iguala, donde sus familiares habían quedado de pasar por ella. Cabe aclarar que la parte posterior de la camioneta, tenía una lona, por ello, no podía ver hacia la cabina, pero tuve la idea de que Mary había bajado y alguien más, había subido.

 Me extrañó que hiciéramos una parada en la central de Cuernavaca.  

Los familiares de Mary, estaban borrachos y no pasaron por ella. Felipe, en un acto muy solidario y caballeroso o humano, la llevo a la central de autobuses para que abordara uno para llegar a su casa. Responsablemente,  la dejó en un sitio seguro.

 

A mí me habían dado el mejor lugar para viajar; encima de una hielera. El frío era intenso, pero por fin, después de casi 12 horas, me dejaron en Av. Insurgentes de la CDMX. Ya habíamos llegado a un acuerdo de pagar otros $500.00 por el trayecto de Morelos a “México”.

En unas cuantas palabras que crucé con Felipe, me dijo que no acostumbra llevar a nadie, pero que Edwin y yo, no parecíamos “tan malas” personas y que realmente necesitaba el dinero que nos pidió, para llegar a su casa rumbo al Estado de Hidalgo.

Edwin y yo nos despedimos. Me dijo “no lo hubiera logrado sin usted” “Ni yo sin ti” le contesté, deseándole éxito en su meta.

Ninguno de los dos, pedimos nuestros números.

Llegué a casa de mi mamá casi a las siete de la mañana. Mis hermanas estaban listas para irse a Acapulco y mi sobrina, según me enteré más tarde, a cancelar su boda.

Casi sin dormir ni comer, tuve el enorme gusto de llegar a la fiesta en Puerto Vallarta, pero me sentía “rara” “Culpa o síndrome del sobreviviente” creo que le llaman. Ese sentimiento de estar celebrando, pero como si no tuviera derecho a hacerlo.

Regresé a los 3 días a seguir sin luz, sin internet, sin agua, con una gran cantidad de basura en mi entrada de la bodega que me provocó una infección  que dejó una horrible cicatriz en mi pierna izquierda, tan grande, creo, como la que vive en mi mente, recuerdos del devastador “Ottis”.

Hasta este momento siguen vigentes el enojo, frustración que me ocasionó la irresponsabilidad e indolencia de las “autoridades”, al decir que ya había pasado la emergencia, que estábamos bien, “que ya hasta se veían foquitos para Navidad”

 

Concluyo sintiendo, expresando una gran admiración por los que sobrevivimos y seguimos tratando de luchar con las secuelas. No, no estamos bien. Algunos de nosotros o tal vez muchos, hay días que apenas tenemos para comer. Acapulco sigue mostrando edificios cual esqueletos. Aún permanece una visión a la que nos hemos acostumbrado, pero que no es lo que debería ser.

Nunca mejor aplicada la frase “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”

Lo mejor de “Ottis” es que a mí y creo que a muchos, nos mostró lo fuertes,  solidarios, valientes, tercos, “guerreros” que somos y que el amor que sentimos por esta tierra, es enorme, tanto que aquí seguimos.