HASTA SIEMPRE

Por Patricia Segovia Téllez

 

Recuerdo cuando lo conocí.

Nos nombraron parte de un consejo, asociación ciudadana, de esas  que cada 3 años se forman y sirven para nada.

Había escuchado hablar de Él, casi siempre de forma negativa. Creo que por ello, su discurso me pareció muy malo y cuando nos estrechamos la mano, ambos fuimos muy fríos.

Pasó el tiempo y coincidimos en una fiesta de disfraces, esa en la que lo acusaron de haber participado en  una casi orgía, lo cual, fue una espantosa mentira. Ese día, creo que ni nos saludamos.

Fernando Vargas me había dado la oportunidad de escribir en “Presencia” y algunos medios electrónicos me abrieron sus espacios.   Tres años después, alguien, no tengo claro quien,  le habló de mí y con la mayor humildad, fue a buscarme a mi oficina para que colaborara con Él para su primera campaña para alcalde. Fue muy difícil para mí decirle que no. Le di mis razones y las respetó.

Recuerdo que fue a hacer campaña a un grupo “Rotarac”. Eran más los de su equipo que los asistentes, pero no cayó en desanimo. Platicó con los que estábamos ahí reunidos y pasamos un rato muy agradable.

Durante la campaña a gobernador de Zeferino Torreblanca, nos veíamos frecuentemente. Ambos vivimos con pasión y entrega ese proyecto.

Pasaron dos años y en la siguiente campaña, yo fui la que buscó apoyarlo. Nunca voy a olvidar dos detalles. En una reunión con discapacitados (espero que no me persiga la COFEPRIS por llamarlos así, pero para mí, no es una mala palabra) al ver la vulnerabilidad de esas personas, no pudo comenzar su discurso porque se le cerró la garganta con un nudo de lágrimas que no  aguantó  y solo dijo con voz entrecortada  “Mi padre era discapacitado como ustedes y ahorita, los entiendo más de lo que creen”. Siguiendo en campaña, en una reunión con posibles votantes mencioné que yo no era su amiga, pero que me había generado  confianza, creía en Él. Comenzó su discurso diciendo “Efectivamente, la señorita Paty y yo, no somos amigos, pero espero  pronto serlo”.

Lamentablemente perdimos esa elección. Me sentí muy triste. Me vio y dijo, “No pasa nada, arriba esas caras”

Para su siguiente intento, le expresé mediante un escrito los motivos para no participar  en su tercer intento para ser alcalde. Me dijo que ya lo esperaba.

Por fin, logró su objetivo y fiel a mi naturaleza, fui una muy dura crítica de lo que consideraba sus errores. Le llegaban todos mis comentarios y me gané el enojo de muchos de sus amigos y colaboradores. En la siguiente ocasión que lo vi, tenía miedo de saludarlo porque, como ya me había pasado con otro alcalde que me dejó con la mano extendida, pensaba que iba a ser descortés. Nada de eso, fue cálido, afectuoso, sin rencor o animadversión.

Siempre me refería a él como “licenciado” pero un buen día me dijo  “Dime Luis, soy Luis”

Tuve la oportunidad de convivir con Luis y llegar a quererlo mucho. Escuchaba de algunas personas todo lo “malo” que era. Decidí dejarlos hablar y lamentar que no tenían la oportunidad de conocer a la gran persona que yo sí admiraba y quería.

Cuando me fracturé la pierna, no dudó en darme un apoyo. No se lo pedí, no fue necesario.

Cuando murió mi hermano, andaba en campaña y se dio tiempo de ponerse en contacto para darme su tiempo, su comprensión, su afecto.

Supe de las muchas becas, de los donaciones a hospitales, de los aparatos para minusválidos, del apoyo que recibimos todos los que recurrimos a Él. Ayudó, apoyó sin hacer publicidad, sin darse crédito y  en ocasiones, con la petición de no hacerlo público. En mi caso, sin pagarés, sin firmas, sin interés alguno, sin condiciones de ninguna especie.

Supe de lo comprometido de su salud hace un par de meses. Pensé en mandarle una carta casi con estas mismas palabras, pero el temor a no ser oportuna, de deprimirlo en lugar de animarlo, me frenó.

Cuando comenzábamos a tratarnos con más familiaridad nos saludábamos con dos besos.  Así lo acostumbraba. En la última ocasión que lo vi, una misa por su salud, le dije “Dos besos” y me contestó “¿Por qué no tres? “¡Pues tres entonces!”. Me despedí con un gran abrazo y diciéndole, desde el fondo de eso que llaman alma.  “¡Te quiero mucho¡”

Aunque lo esperaba, el dolor de la noticia de su muerte, es de lo más intenso que he sentido, solo comparable con la muerte, impune, grotesca de Jorge Bajos.

Muchos fuimos a acompañarlo a la velación y a la misa previa a su inhumación. Políticos de todos los partidos, ex gobernadores, presidentes de partidos, senadores, diputados, ricos empresarios, clase media, personas muy pobres. Todas las clases sociales, económicas, políticas,  estuvimos presentes y casi puedo asegurar que el noventa por ciento de los asistentes, teníamos algo que agradecerle.

Luis, logramos ser amigos, lo agradezco mucho, fuiste uno muy especial tanto que, de verdad, me duele el corazón.

 

El lugar de  Luis Waltón Aburto, en todos los campos en que se desarrolló,  es insustituible. Lo formó, lo llenó y ahora, queda vacío.

Parafraseando a Roberto Carlos “No sé si lloro más por ti, o más por mi”

Hasta siempre a quien aprendí a amar profundamente, mi muy querido Luis.