
La muerte, la memoria y la justicia en Acapulco
Por José Manuel Linares Espil | Día de Muertos · 2 de noviembre de 2026
Cada año, cuando octubre llega a su fin, las flores de cempasúchil, las veladoras y las fotografías preparan en México un encuentro simbólico con quienes ya no están. Los cementerios recuperan voces y recuerdos; las casas se convierten por unas horas en lugares de reunión entre generaciones.
En Acapulco, esta tradición adquiere un significado particular. Somos una ciudad acostumbrada a celebrar la vida y una comunidad que conoce la pérdida, la incertidumbre y la necesidad de reconstruirse. El Día de Muertos nos invita a examinar qué revelan nuestras despedidas sobre la cultura, la desigualdad y la responsabilidad pública.
Recordar a los muertos es un acto de afecto. Respetar su memoria, y responder ante aquellas ausencias que reclaman verdad, plantea también obligaciones sociales e institucionales.
La muerte como expresión de nuestra identidad
Desde una perspectiva antropológica, el Día de Muertos es una manifestación del encuentro —no siempre uniforme ni exento de tensiones— entre concepciones indígenas del mundo y prácticas religiosas incorporadas durante la época colonial. No existe una celebración idéntica en todo México: cada comunidad imprime a sus ofrendas, tiempos y ceremonias una historia propia.
La UNESCO proclamó en 2003 las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como patrimonio cultural inmaterial y las inscribió en 2008 en su Lista Representativa. La distinción reconoce, ante todo, el valor de prácticas comunitarias vivas; no significa que todas las expresiones contemporáneas sean iguales ni que puedan separarse de quienes las sostienen.
Guerrero es ejemplo de esa diversidad. En su territorio conviven pueblos indígenas, comunidades afromexicanas, poblaciones rurales y ciudades de intensa movilidad. Acapulco, puerto de encuentros y migraciones, recoge múltiples maneras de honrar la ausencia: la visita al panteón, la comida que recuerda a la abuela, la fotografía familiar, la vela encendida al caer la tarde.
La antropología nos enseña que los rituales funerarios expresan creencias y reconstruyen vínculos entre generaciones. A través de ellos, los vivos cuentan quiénes fueron los que se fueron y, al hacerlo, explican quiénes son ellos mismos.
Cuando la memoria se encuentra con el Derecho
Para el orden jurídico, la muerte produce consecuencias concretas: registro del fallecimiento, trámites funerarios, sucesión, transmisión patrimonial y, en su caso, investigación de posibles hechos ilícitos. Pero no todo se agota en el expediente.
El artículo 4.º constitucional protege el acceso a la cultura y el ejercicio de los derechos culturales. La Ley General de Cultura y Derechos Culturales reconoce, en su artículo 3, las manifestaciones materiales e inmateriales vinculadas con la historia, las tradiciones y las prácticas que dan identidad a pueblos y comunidades. De ahí que preservar el Día de Muertos no sea únicamente organizar espectáculos: es respetar la participación cultural de quienes lo practican.
Hay, además, una dimensión distinta y especialmente sensible. Los artículos 18 a 21 de la Ley General de Víctimas reconocen el derecho a la verdad y establecen obligaciones de las autoridades frente a delitos, violaciones de derechos humanos y desapariciones. La legislación general sobre desaparición también contempla medidas de reparación y recuperación de la memoria de las personas desaparecidas.
Conviene hacer una precisión jurídica: el “derecho a no ser olvidado” de este artículo es una formulación ética, no la denominación de un derecho autónomo y universal reconocido por nuestro ordenamiento. Tampoco debe confundirse con el llamado “derecho al olvido”, discutido en materia de privacidad y protección de datos personales. Aquí hablamos de memoria comunitaria y, cuando corresponde, de los derechos a la verdad, la búsqueda, la identidad y la reparación.
Acapulco: la memoria de una ciudad herida
Para los acapulqueños, pensar en la muerte también significa mirar las experiencias que han marcado la ciudad. La violencia ha dejado ausencias dolorosas. Las familias de personas desaparecidas viven, en muchos casos, una espera que altera la vida cotidiana. Y los desastres naturales han mostrado cuán frágiles pueden ser nuestras certezas.
El huracán Otis golpeó Acapulco en octubre de 2023. Apenas once meses después, las lluvias extraordinarias asociadas a John, en septiembre de 2024, provocaron nuevas inundaciones y daños. Para muchas familias, la reconstrucción ha significado levantar otra vez sus casas, recuperar medios de vida y recomponer vínculos. La memoria del puerto se escribe también en esas reconstrucciones sucesivas.
En este contexto, una ofrenda puede significar gratitud por una vida compartida; otra, el dolor por una despedida abrupta. Y hay hogares donde la fotografía de una persona desaparecida no anuncia un duelo concluido, sino una búsqueda que continúa.
Muerte y desaparición exigen respuestas jurídicas distintas. El desconocimiento del paradero de una persona no equivale a acreditar su fallecimiento: debe prevalecer la presunción de vida y mantenerse la búsqueda. La Declaración Especial de Ausencia ofrece un mecanismo para proteger la personalidad jurídica, el patrimonio, los derechos familiares y, en su caso, prestaciones de seguridad social de la persona desaparecida, sin forzar a sus familiares a aceptar una presunción de muerte. Es un ejemplo concreto de cómo el Derecho puede responder a la incertidumbre sin clausurar la esperanza.
Esa es, quizá, una de las lecciones más exigentes de nuestra conmemoración: la memoria puede consolar, pero también puede exigir respuestas.
Los panteones como espacios de dignidad y memoria
Los panteones municipales de Las Cruces, El Palmar, San Francisco y La Garita forman parte de la geografía afectiva de Acapulco. Durante las celebraciones del Día de Muertos de 2024, entre el 1 y el 3 de noviembre, el Ayuntamiento reportó más de 25 mil visitantes en los cuatro cementerios municipales: 11 mil acudieron a Las Cruces y 9 mil a El Palmar. Detrás de esas cifras hay familias que limpian lápidas, colocan flores y cuentan a los más jóvenes la historia de quienes descansan allí. Son gestos cotidianos que conservan una memoria que rara vez cabe en los archivos oficiales.
El Reglamento de Cementerios del Municipio de Acapulco de Juárez, Guerrero, regula este servicio. El cuidado de los camposantos requiere continuidad en el mantenimiento, la seguridad y la atención a las familias, conforme a las competencias municipales. La afluencia registrada durante estas fechas evidencia la importancia de sostener esas tareas a lo largo de todo el año.
Los cementerios no son únicamente instalaciones sujetas a trámites. Son lugares donde una comunidad establece una relación con su pasado. Su cuidado expresa el respeto que concedemos tanto a los restos humanos como a quienes acuden a recordarlos.
La dignidad no debería ser una atención de temporada.
La desigualdad también alcanza la despedida
La muerte nos iguala en nuestra condición mortal, pero no borra las diferencias de la vida. Algunas familias pueden afrontar los gastos de un funeral o de una sucesión sin mayores dificultades; otras deben endeudarse para realizar una despedida o descubren, en medio del duelo, problemas de propiedad, documentos y acceso a servicios.
En la práctica de la abogacía conocemos los conflictos que produce una herencia sin previsión: bienes sin regularizar, desacuerdos entre familiares, derechos que tardan años en hacerse efectivos. Un testamento oportuno, la documentación ordenada y una orientación jurídica accesible no eliminan el dolor, pero pueden evitar que se multiplique. Quienes ejercemos esta profesión en Acapulco y hemos visto pasar generaciones de familias por los mismos problemas sabemos que la memoria también se expresa en la responsabilidad de dejar claridad a los que siguen.
La perspectiva social también exige pensar en quienes viven lejos de los servicios funerarios, en las personas mayores que enfrentan solas la pérdida y en las familias que carecen de recursos para despedir dignamente a sus seres queridos. Hablar de la muerte obliga, por tanto, a hablar de acceso, desigualdad y responsabilidad pública.
Entre la tradición, el turismo y el respeto
Acapulco tiene motivos legítimos para celebrar y compartir su cultura. Los altares públicos, las actividades artísticas y los recorridos de temporada pueden acercar a nuevas generaciones a una tradición profundamente mexicana, además de enriquecer la oferta cultural del puerto.
El riesgo aparece cuando el espectáculo desplaza a la comunidad que da sentido a la celebración. Conviene procurar que las festividades respeten los espacios de duelo, a sus participantes y las diferencias entre las tradiciones. La mejor promoción cultural ayuda a comprender los símbolos en vez de vaciarlos de significado.
La memoria no se mide por la altura de un altar ni por el tamaño de un festival. Vive también en una receta que alguien conserva, en una historia que se cuenta a los nietos y en el gesto silencioso de limpiar una lápida.
Lo que debemos a quienes ya no están
Cada Día de Muertos encendemos veladoras para quienes partieron. Sin embargo, el homenaje más exigente ocurre cuando regresamos a la vida cotidiana: cuando reclamamos seguridad, cuando defendemos la dignidad de las víctimas, cuando pedimos instituciones responsables y cuando cuidamos nuestras tradiciones sin convertirlas en mercancía vacía.
Acapulco es una ciudad capaz de celebrar incluso en la adversidad. Su fortaleza no reside en negar las heridas, sino en reconocerlas y encontrar formas de seguir juntos. Honrar a quienes nos precedieron también exige construir una ciudad más justa para quienes vendrán.
No podemos impedir que la muerte forme parte de nuestra historia. Sí podemos decidir cómo tratamos a los vivos, cómo despedimos a nuestros muertos y qué hacemos ante una ausencia que exige verdad.
Acapulco, Guerrero · Noviembre de 2026