Guía mínima para intentar dormir después de haber tomado demasiado café

(Breves instrucciones para negociar con el insomnio provocado
por uno mismo)

Lo primero que hay que admitir es que es su culpa. Nadie le
obligó a tomar esa última taza, tan cargada, tan innecesaria.
Lo hizo con plena conciencia de sus consecuencias, creyendo
ingenuamente que “esta vez no pasará nada”. Y ahora está ahí,
acostado, con los ojos como dos faros abiertos en la
penumbra, sin un solo rastro de sueño.
El paso inicial para sobrevivir a esta situación es
renunciar a la idea de dormir de inmediato. El insomnio con
cafeína es como un invitado molesto que ya ha llegado a su
casa: no se irá solo. Acepte que está despierto. Resignarse es
el primer gesto de sabiduría.
Segundo paso: negociar con el cuerpo. Intente cerrar
los ojos y respirar profundo, aunque la respiración se sienta
más rápida de lo normal. Imagine cosas relajantes: un campo
silencioso, una playa desierta, cualquier lugar donde no
haya cafeteras. No funcionará del todo, pero servirá para
disimular ante sí mismo que lo está intentando.
Tercer paso: dialogar con la mente, que ahora trabaja
como si hubiera sido ascendida de categoría. Le recordará
cada pendiente olvidado, cada frase incómoda que dijo hace
años, cada pensamiento absurdo que jamás le habría
importado en horario normal. No la interrumpa. Déjela
hablar. Quizá, con suerte, se canse antes que usted.
Si el insomnio persiste, pruebe las tácticas clásicas:
contar ovejas, repasar mentalmente la tabla del 7, enumerar
los lugares donde quisiera viajar. Pero no se engañe: la
cafeína es poderosa y se alimenta de esas distracciones para
mantenerlo despierto.

En última instancia, puede levantarse. Lea unas
páginas de un libro aburrido, escriba cualquier cosa sin
sentido, o simplemente mire el techo con aire meditativo. No
es dormir, pero es descansar un poco.
Cuando el primer bostezo llegue, tímido y tardío, no
lo celebre demasiado. Vuelva a la cama con humildad, como
quien regresa derrotado de una batalla que nunca debió
librar.
Y si alguien le pregunta por qué tiene cara de no
haber dormido nada, respóndale con calma y cierta ironía:
—Anoche negocié con el insomnio… y perdí, pero al
menos aprendí a no subestimar una taza de café.
Luego, claro, unas horas después, volverá a servirse
otra, convencido —otra vez— de que “esta vez no pasará
nada”.