Por Delfino Campos Solís
Martes siete de septiembre del año 2021. La hora: las ocho de la noche con cuarenta y seis minutos. Ha ocurrido un terremoto de 7.1 grados en la escala de Richter en Acapulco. Era el temblor más grande de los últimos años. El epicentro había sido al sureste de Acapulco a once kilómetros.
Al parecer, era una noche como cualquiera. Una más de tantas. La gente, como siempre, platicaba en sus patios. Algunos caminaban por la calle. Otros estaban en sus trabajos en tanto que, otros más, se dirigían a sus casas después de una larga tarea…la faena de todos los días.
Los carros corrían por las avenidas que ya estaban iluminadas por las luces de la ciudad…la gran urbe con su movimiento habitual. En los hospitales se luchaba por la vida, como siempre. Se luchaba contra la muerte. Se luchaba por sobrevivir. Se luchaba contra el tiempo. Vaya, era una lucha donde sólo habría un vencedor.
Todo parecía normal. Era una noche más que llegaba. Era un día más que se iba. Vamos, la vida transcurría como todos los días. Ese día no había llovido pero el cielo estaba nublado. El suave calor veraniego invadía el ambiente. En alguna casa, alguien había puesto música. Nadie sabía lo que pasaría en unos minutos más. Todo pasaba en aparente tranquilidad. Todo parecía normal.
De pronto se siente una fuerte sacudida. La primera sacudida. Los perros ladran. La gente se asusta. Luego todo vuelve a la calma. Algunos hacen comentarios. Una señora que vende bolillos se detiene, pero luego prosigue con sus pregones. Vuelven los comentarios. Alguien se ríe. Un señor hace comentarios con alguien allá en la calle.
De repente, minutos más tarde, otra sacudida. Esta vez más fuerte. Las casas se cimbran. Las paredes crujen y se agrietan. Se oyen gritos de personas y los perros se alborotan y ladran más fuerte. Sigue la sacudida. De los techos caen pedazos de concreto. La gente grita de miedo.
De los edificios caen grandes pedazos de vidrio. Los segundos se vuelven eternos. La gente rápido abandona sus casas. Todos corren a la calle en busca de un lugar más seguro. En busca de algún espacio más despejado. Los gritos de miedo continúan. El movimiento de la tierra también continua. Es el fin, alguien dice.
Un perro pequeño, sumamente asustado, aparece allá a lo lejos corriendo sobre la calle de subida. Sin sentir el cansancio, corre entre la gente que también está asustada. El temblor sigue. El pequeño perro llega a su casa seguido por su dueña.
Era un perro que no hace mucho se había mudado junto con su dueña cuadras adelante y que ahora, con el temblor, regresaba corriendo para esconderse debajo de la cama como siempre lo hacía cuando oía tronar los cohetes.
Y la gente había salido a sus patios. El movimiento había cesado, pero seguían las réplicas. Ahí cerca se habían caído unas piedras de un paredón de tierra. Las sacudidas continuaban a intervalos. Son las réplicas. Algunas eran más fuertes que otras.
Una familia se había reunido en un espacio de ahí cerca. Algunos dormirían afuera esa noche. Por las redes empezaban a correr noticias de edificios dañados. Algunos carros habían quedado a punto de caer a los barrancos. También había árboles y postes caídos. Seguían las réplicas a cada rato.
Todo había ocurrido en segundos que habían sido eternos. Y las réplicas ya sumaban cientos. Tal vez sumarían miles. Rayos, quien lo sabe. Ya habían pasado unos días y la gente seguía durmiendo afuera. El temblor había sido una prueba para comprobar si las casas y los edificios estaban en buen estado. Así había sido todo… EL DIA QUE SE MOVIÓ LA TIERRA…

