
Jorge Laurel González
“La papeleta electoral es más fuerte que la bala.”Abraham Lincoln (1809-1865)
Este 7 de agosto Colombia vuelve a cambiar de rumbo. Abelardo de la Espriella asume la Presidencia de la República y sucede a Gustavo Petro, cerrando el primer gobierno claramente identificado con la izquierda en la historia contemporánea colombiana y abriendo una administración situada en el otro extremo del espectro político. La ceremonia, realizada excepcionalmente en Cali y no en Bogotá, tiene incluso una carga simbólica adicional: no solamente cambia el presidente; cambia la orientación política del gobierno.
Pero quizá sería un error interpretar lo ocurrido exclusivamente como el triunfo de la derecha sobre la izquierda. Lo que estamos viendo puede entenderse desde una perspectiva más amplia y, sobre todo, más democrática: la ley del péndulo.
Las sociedades democráticas rara vez permanecen indefinidamente en un mismo punto político. Se mueven. Experimentan. Apoyan un proyecto, le conceden tiempo, evalúan sus resultados y, tarde o temprano, buscan una alternativa. Algunas veces el péndulo se desplaza hacia la izquierda; otras, hacia la derecha. En ocasiones lo hace lentamente y, en otras, como consecuencia del cansancio social, la inseguridad, las dificultades económicas o la insatisfacción con quienes gobiernan, el movimiento resulta mucho más abrupto.
Eso no necesariamente significa que un país haya cambiado para siempre de ideología.
Significa, antes que nada, que los ciudadanos conservan la capacidad de cambiar a sus gobernantes.
En 2022, Colombia llevó a Gustavo Petro a la Presidencia. Cuatro años después eligió a Abelardo de la Espriella frente a Iván Cepeda. Son proyectos políticos profundamente diferentes. Sin embargo, vistos desde la perspectiva institucional, ambos acontecimientos pertenecen al mismo fenómeno: ciudadanos utilizando las urnas para expresar qué rumbo desean en determinado momento histórico.
La democracia no consiste en que siempre ganen aquellos con quienes coincidimos. Consiste precisamente en aceptar que también pueden ganar aquellos con quienes no coincidimos.
Ahí radica su grandeza y también su dificultad.
Colombia, además, no constituye un caso aislado.
Durante buena parte de las últimas dos décadas América Latina experimentó diferentes modalidades de gobiernos de izquierda, centroizquierda o progresistas. Aquella llamada “marea rosa” llegó a dominar una parte considerable del mapa político continental.
Hoy el mapa comienza nuevamente a cambiar.
Javier Milei gobierna Argentina desde 2023. Daniel Noboa consolidó su posición en Ecuador. José Antonio Kast llegó al poder en Chile. Honduras, Costa Rica y Perú también han registrado victorias de fuerzas conservadoras, mientras Colombia incorpora ahora a De la Espriella a esta nueva configuración regional.
Podríamos hablar de una derechización del continente, aunque convendría emplear el término con prudencia.
No todas estas derechas son iguales.
Existen conservadores tradicionales, liberales económicos, nacionalistas, populistas y movimientos que combinan elementos de varias corrientes. Meterlos a todos dentro de una misma definición sería tan impreciso como considerar idénticos a todos los gobiernos latinoamericanos de izquierda.
Lo que sí parece existir es un denominador común: una parte considerable del electorado latinoamericano está demandando seguridad, crecimiento económico, control de la migración, combate a la delincuencia y gobiernos que produzcan resultados tangibles.
Diversos análisis del proceso regional han identificado precisamente la inseguridad y el descontento económico entre los factores que están alimentando este desplazamiento electoral.
Pero tampoco conviene apresurarse. El péndulo nunca se detiene. Quienes hoy gobiernan desde la derecha deberán demostrar que pueden resolver los problemas que les permitieron ganar las elecciones. Si no lo consiguen, dentro de algunos años probablemente comenzaremos a escribir artículos explicando un nuevo desplazamiento hacia la izquierda. Así funciona una democracia saludable.
Existe, sin embargo, otro elemento que modifica considerablemente el panorama: Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos ha recuperado una enorme capacidad para influir sobre la agenda latinoamericana. Su política exterior hacia el continente, mezcla seguridad, migración, narcotráfico, comercio, aranceles y una defensa explícita de los intereses estadounidenses.
Brasil constituye actualmente el ejemplo más visible.
La administración Trump impuso recientemente aranceles de 25 por ciento a gran parte de las importaciones brasileñas, provocando una dura reacción del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Brasil ha preparado mecanismos de reciprocidad mientras intenta mantener abierta la negociación diplomática. Lo particularmente delicado es que todo sucede cuando el país se aproxima a las elecciones presidenciales de octubre, donde Lula enfrenta una competencia cada vez más estrecha.
Por ello, sería prematuro colocar a Brasil dentro de la columna de países que definitivamente giraron a la derecha.
El electorado brasileño todavía no ha hablado.
Y existe incluso una paradoja: una presión excesiva desde Washington puede fortalecer al gobierno que pretende debilitar, porque permite convertir una disputa comercial en una cuestión de soberanía nacional. Las encuestas recientes sugieren que los aranceles estadounidenses han tenido efectos políticos que no necesariamente favorecen a la oposición brasileña.
México representa un caso distinto y mucho más complejo.
Nuestra relación con Estados Unidos no admite simplificaciones ideológicas. Compartimos más de tres mil kilómetros de frontera, una integración económica extraordinaria, cadenas productivas comunes, migración, turismo, comercio y uno de los problemas de seguridad más importantes del mundo: el narcotráfico.
Donald Trump ha incrementado la presión sobre el gobierno de Claudia Sheinbaum para profundizar las acciones contra los cárteles e incluso ha planteado la posibilidad de operaciones estadounidenses dentro de territorio mexicano. La presidenta ha mantenido la cooperación en materia de seguridad, pero ha rechazado cualquier intervención militar que vulnere la soberanía nacional.
Esa posición requiere equilibrio. México necesita cooperar con Estados Unidos. Estados Unidos necesita cooperar con México. Ninguno de los dos países puede resolver unilateralmente problemas que nacen y se desarrollan a ambos lados de la frontera.
Tal vez la principal enseñanza de lo que hoy ocurre en Colombia sea la siguiente: ningún partido es propietario permanente del poder en una democracia. Ni la izquierda. Ni la derecha.
El voto ciudadano presta el poder durante algunos años y después vuelve a ponerlo en juego.
La llegada de Abelardo de la Espriella no debe interpretarse como la desaparición del petrismo ni como la conversión definitiva de Colombia hacia la derecha. Del mismo modo, la victoria de Petro cuatro años atrás tampoco significó la desaparición del conservadurismo colombiano. Los millones que votaron por una opción distinta continúan allí. La democracia exige gobernar también para ellos.
Y precisamente ahí estará una de las primeras pruebas del nuevo presidente colombiano: demostrar si puede transformar una victoria electoral en capacidad de gobierno dentro de un Congreso dividido y en una sociedad profundamente polarizada. La propuesta, entonces, no consiste en celebrar que el péndulo vaya hacia un lado u otro. Consiste en fortalecer el mecanismo que permite que se mueva.
Instituciones sólidas. Elecciones confiables. División de poderes. Libertad de expresión. Respeto a las minorías. Gobiernos que acepten límites y oposiciones que acepten resultados.
La solución tampoco está en convertir cada elección en una batalla entre buenos y malos.
Las democracias maduras necesitan algo mucho más difícil: ciudadanos capaces de evaluar gobiernos por sus resultados y gobiernos conscientes de que el poder es temporal.
Hoy el péndulo latinoamericano parece moverse hacia la derecha. Mañana podría detenerse.
Pasado mañana podría regresar. No debería preocuparnos demasiado hacia dónde se mueve mientras continúe siendo el voto ciudadano, y no la imposición, la violencia o la intervención exterior, quien determine su dirección. Porque quizá la verdadera señal de fortaleza democrática no sea que gane siempre nuestro candidato. Es saber que podemos perder una elección, respetar el resultado, ejercer la oposición y volver a competir. Eso es democracia. Y eso, más que cualquier ideología, es lo que América Latina necesita preservar.
En dos líneas, hoy 7 de agosto, expreso mi más profundo pesar por la pérdida de quien fue nuestro compañero en el doctorado, el arzobispo Carlos Garfias Merlos. Al tiempo que congratularme (así es la vida) por el onomástico de otro gran compañero, mentor y amigo: Miguel García Maldonado.
Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.
JLG