
Jorge Laurel González
“Un sistema de mayoría a dos vueltas tiende a producir un multipartidismo inclinado a formar
coaliciones. Su virtud consiste en que permite a las distintas fuerzas políticas medir su verdadero
peso en la primera ronda, sin condenar al electorado a una derrota irreversible por la dispersión del
voto; y, al mismo tiempo, obliga en la segunda ronda a reagrupar voluntades, ordenar afinidades y
construir mayorías capaces de gobernar. Por eso, la segunda vuelta no es solo una repetición
electoral: es el momento en que la democracia transforma la pluralidad inicial en una decisión
mayoritaria.”
Maurice Duverger, politólogo, jurista, sociólogo y profesor francés (Angulema, Francia, 1917 –
París, Francia, 2014)
La elección presidencial de Colombia vuelve a confirmar una enseñanza que en América Latina
deberíamos mirar con mayor seriedad: la segunda vuelta no es un capricho institucional, sino una
válvula de equilibrio democrático. Cuando una sociedad llega dividida, cansada, polarizada y con
proyectos de nación claramente enfrentados, el balotaje permite que la decisión final no sea
producto de una minoría intensa, sino de una mayoría recompuesta. Esa es precisamente la virtud
del sistema colombiano: obliga a los candidatos a salir de su zona de confort, a buscar adhesiones
más amplias y a reconocer que gobernar exige más que ganar una primera emoción electoral.
En la primera vuelta, Colombia no eligió solamente entre nombres. Eligió entre continuidad
y rectificación. El proyecto de Gustavo Petro, representado ahora por Iván Cepeda, llegó a las urnas
cargando el desgaste natural del poder, pero también las facturas políticas de un gobierno que
prometió demasiado, confrontó demasiado y logró menos de lo que sus propios seguidores
esperaban. Petro llegó como ruptura, como esperanza de cambio, como símbolo de una izquierda
que por primera vez alcanzaba la Presidencia en Colombia. Pero, en términos históricos, todo indica
que su paso por el poder será debut y despedida: un solo periodo, una sola oportunidad y una
continuidad hoy severamente comprometida.
La segunda vuelta tiene una ventaja esencial: desenmascara las verdaderas mayorías. En
primera vuelta, los electores pueden votar por identidad, simpatía, protesta o afinidad ideológica.
En segunda vuelta, en cambio, el país debe responder una pregunta más clara: ¿hacia dónde quiere
caminar? Colombia parece haber contestado ya. Abelardo de la Espriella llegó primero, pero lo
decisivo no es solo haber ganado la primera ronda, sino que la tercera contendiente, Paloma
Valencia, se haya sumado a su candidatura. Esa adhesión no es un simple gesto protocolario; es la
reorganización del mapa político. Es la derecha cerrando filas. Es el antipetrismo convirtiéndose en
mayoría operativa. Es el mensaje de que, frente a la continuidad del proyecto de Petro, la oposición
encontró un cauce común.
Por supuesto, en democracia nadie debe despreciar la urna. Formalmente, la elección se
resolverá el día de la votación. Pero políticamente, el tablero luce prácticamente definido. Cuando
el candidato que llega primero recibe el respaldo de la tercera fuerza, la segunda vuelta deja de ser
una repetición y se convierte en una confirmación. La izquierda necesitaría una transferencia masiva
de votos de centro, una corrección estratégica casi perfecta y un cambio anímico nacional en pocas
semanas. No es imposible en términos abstractos, pero sí altamente improbable en términos reales.
La política no se decide solo con deseos; se decide con números, alianzas, emociones sociales y
sentido de época.
La gran lección para Colombia, y también para México, es que la segunda vuelta favorece la
legitimidad. Un presidente electo con mayoría absoluta llega con un mandato más claro que aquel
que se impone por pluralidad en una elección fragmentada. La segunda vuelta obliga a construir
acuerdos, modera los extremos cuando hay inteligencia política y permite que los ciudadanos
reconsideren su voto a la luz de un escenario más sencillo. No elimina la polarización, pero la ordena.
No garantiza buenos gobiernos, pero sí reduce la posibilidad de que una minoría organizada se
imponga sobre una mayoría dispersa.
En ese sentido, Colombia conserva una herramienta democrática que otros países deberían
estudiar. México, por ejemplo, ha vivido durante décadas con presidentes electos sin mayoría
absoluta. Eso puede ser legal, pero no siempre es políticamente sano. Una segunda vuelta permitiría
que los ciudadanos decidan con mayor claridad entre los dos proyectos principales, y obligaría a los
candidatos a buscar consensos después de la primera ronda. La democracia no se debilita cuando
se pide una confirmación mayoritaria; al contrario, se fortalece.
El caso colombiano también revela el desgaste de los gobiernos que confunden cambio con
confrontación permanente. Petro quiso presentarse como refundador, pero gobernar no es
incendiar todos los días el escenario público. Gobernar es administrar expectativas, producir
resultados, respetar instituciones, conciliar con sectores distintos y reconocer límites. Cuando un
proyecto político vive de señalar enemigos, tarde o temprano se queda sin explicaciones para sus
propios fracasos. La ciudadanía puede tolerar un tiempo la retórica, pero termina exigiendo
seguridad, empleo, estabilidad, certidumbre y respeto.
La oposición de derecha, por su parte, tiene ahora una responsabilidad enorme. Si gana, no
bastará con haber derrotado al petrismo. Tendrá que demostrar que puede gobernar con firmeza,
pero también con prudencia; con autoridad, pero también con sentido democrático; con defensa de
la empresa privada, pero también con sensibilidad social. El péndulo latinoamericano suele castigar
los excesos de un lado entregando cheques en blanco al otro. Colombia no necesita revancha;
necesita reconstrucción institucional, seguridad, inversión, reconciliación y rumbo.
La victoria previsible de la oposición colombiana no debería leerse únicamente como un
triunfo ideológico de la derecha. Debe leerse también como una advertencia para todos los
gobiernos que llegan al poder prometiendo transformación y terminan administrando frustración.
Petro abrió una puerta histórica para la izquierda colombiana, pero no logró consolidar una mayoría
duradera. Su proyecto llegó al gobierno, sí, pero no parece haber llegado para quedarse.
La segunda vuelta, entonces, cumple su papel: permite que el país respire, reorganice sus
fuerzas y tome una decisión más nítida. Colombia se encamina hacia un cambio de rumbo. Y si las
alianzas se mantienen, si la tercera fuerza traslada una parte sustantiva de sus votos y si el
sentimiento antipetrista conserva su intensidad, la elección ya tiene destino político: la oposición de
derecha se perfila para regresar al poder. Petro fue novedad; no será continuidad. Fue debut, y todo
indica que también será despedida.
JLG