Me decía una prima, de casi mi edad cuando ambas estábamos en nuestros “veintes” que odiaba la generación en la cual vivía ya que era más fácil ser mujer “antes”. “¿Por qué dices eso?” le pregunté escandalizada. “Las mujeres ahora somos libres, podemos trabajar, decidimos nuestra vida”, añadí: Antes, las abuelas y nuestras madres se concretaban a su casa, sus hijos, su marido. Debían obedecer primero a sus padres y luego a su esposo. No “podían” pensar, opinar y tenían que aceptar su destino”. “¡Por eso! -me contestó- Tenían un rol definido, lo aceptaban y hasta eran felices con ello. No competían, no tenían que demostrar nada. Así fueron educadas, así se comportaban, sin cuestionar nada”
Han pasado alrededor de tres décadas de esa plática (era muy interesante debatir con ella) y me sigue dando vueltas en la cabeza, sobre todo por el incremento infame, impune, indolente y estadístico de feminicidios.
¿Será que “antes” todos asumíamos que el “hombre” era quien mandaba, no había duda y ahora en la disputa de la lucha de poder, se impone la fuerza bruta porque el “señor” tiene que demostrar su hombría a base de bestialidad, cuando en otros tiempos, con un grito bastaba?
¿Será que “antes” un hombre aceptaba que una mujer lo rechazara y hundía su frustración en botellas y “otras viejas mejores” pero ahora no acepta que un ser inferior se atreva a responder con un no?
Hubo un momento en que yo estaba convencida de que los hombres y las mujeres “éramos iguales”, ahora con el paso de los años, no lo creo así. ¡Esto es imposible! Todavía somos educados con diferencia en trato, privilegios, calificativos. Nuestros cuerpos son diferentes. Creo que el femenino es más delicado y necesita diferentes cuidados al masculino y en cuestión mental, esa misma educación, nos hace distintos. La mayor parte de las mujeres de mi generación, han tenido que librar una feroz batalla contra la inseguridad en sus propios talentos.
Y metiéndome en “camisa de once varas” todavía escucho en el sermón de los sacerdotes y ministros de todos los cultos, en muchas bodas, el decir “La mujer seguirá al hombre, le obedecerá, abandonará a sus padres, su tribu, hasta que la muerte los separe” (palabras más, palabras menos) y bueno, lo de “La costilla de Adán” nos reduce a un pedazo de carne, ni siquiera somos parte de un órgano vital, del cerebro, del hígado, del corazón, ¡No! Una prescindible porción que nadie extraña. Existimos gracias a que somos una partecita de la gran creación de Dios ¡el hombre!
En cuestión de gobiernos, son muy pocos los que son presididos por mujeres y algunas tienen que comportarse como “El Indio Fernández” en cualquier película de machos, para acceder al poder. Ya lo vimos con la doctora Sheimbaum, criminalizando a una mujer, de la forma más burda y baja, por haber ayudado a quienes se manifestaban por violaciones a sus hijas, y en otro momento manifestantes, agrediendo e insultando a mujeres policías, mujeres que están trabajando, cumpliendo un deber y que merecen protección, respeto, trato digno.
¿Qué es lo que lleva a alguien a golpear, humillar, matar a otro ser vivo? (porque de estos actos viles, no podemos excluir a los animales) ¿Sentirse superior? ¿No valorar la vida de quien se tiene frente? ¿Sentir que es una propiedad? ¿Que no tiene derechos? ¿Saberse impune? ¿Porque son creación divina y sólo cumplen con un mandato divino?
¿Cómo puede un ministerio público entender que una “vieja” vaya a denunciar a su marido, si “es normal” que reciban su merecido por “boconas”, tal como se lo buscaba su abuela, su mamá y la rezongona de su hija que pondrá a prueba al pobre del que sea su marido?
Creo firmemente que hemos equivocado el camino.
El maltrato es falta de respeto, desprecio, odio y los primeros responsables somos nosotros, nuestras familias.
¿Cómo pretendemos ser una sociedad madura cuando estamos llenando al mundo de niños, hijos de madres adolescentes?
¿Cómo exigir respeto a las mujeres si somos las primeras en llamar a otras, “gata”, “chacha”, “prosti”, “nalgapronta”, “fácil”. A nivel personal, he padecido del maltrato, abuso, por ser mujer, pero nunca me he asumido como víctima. ¡Jamás les daré ese gusto!
Es árduo el trabajo que tenemos que hacer. Creo que pretendimos correr, antes de gatear. La educación el respeto, para mí, es el inicio de este camino por recorrer. Para concluir, les cuento una plática entre dos papás. Alberto, tiene dos hijas y un hijo. Alejo, dos niños. Alejo dice “mis respetos “wei”, lo bueno es que yo tengo dos “cabrones” y no me creo capaz de educar a una “damita”. ¿Queda claro el nivel de inconciencia? ¿Será que Alberto debe de educar a un caballero y dos cabronas? Sería mejor tener a cinco personas respetuosas, sanas, responsables.
Sinceramente respóndanse esta pregunta ¿Todo tiempo pasado, fue mejor?
