
Jorge Laurel González
“Cada pueblo tiene el gobierno que se le parece.”
Joseph de Maistre. Teórico político saboyano (1753-1821).
Guerrero y Acapulco se aproximan nuevamente a un proceso electoral. Otra vez aparecerán los discursos, los espectaculares, las fotografías con sonrisas cuidadosamente ensayadas, las promesas de siempre y las palabras que, por tanto de repetirse, han terminado por perder peso: cambio, transformación, honestidad, justicia, bienestar, desarrollo, seguridad, futuro.
Pero antes de mirar a los candidatos, convendría mirarnos a nosotros mismos.
Lo hemos dicho muchas veces, en tono de broma y también con la gravedad que exige la realidad: no podemos seguir pensando que Guerrero cambiará por arte de magia porque alguien nuevo llegue al gobierno. Ningún cargo público, por sí solo, redime a una sociedad. Ninguna elección cura, automáticamente, las enfermedades morales de un pueblo. Ninguna boleta electoral sustituye la conciencia.
El problema de Guerrero no es solamente político. Es también cultural, social, moral y profundamente humano. Sería cómodo afirmar que todo está podrido allá arriba, en las oficinas de gobierno, en los partidos, en las presidencias municipales, en las diputaciones, en las secretarías, en los grupos de poder. Pero esa explicación, aunque parcialmente cierta, resulta insuficiente. El sistema no nació solo. El sistema se alimenta de nuestras tolerancias, de nuestras complicidades, de nuestros silencios y de nuestras pequeñas claudicaciones cotidianas.
La corrupción, por ejemplo, no empieza cuando alguien se roba millones. Empieza antes. Empieza cuando sabemos qué es lo correcto y decidimos hacer lo contrario por comodidad, miedo, ambición o conveniencia. Empieza cuando preferimos el beneficio inmediato sobre el bien común. Empieza cuando justificamos “una ayudita”, “un favor”, “un contacto”, “una mordida”, “una mentira útil”, “una trampa pequeña”. Empieza cuando nos acostumbramos.
Y lo más peligroso de acostumbrarse al mal es que llega un momento en que deja de parecer mal.
Por eso la pregunta de fondo no es únicamente quién va a gobernar Guerrero o quién va a gobernar Acapulco. La pregunta verdadera es otra: ¿estamos dispuestos a cambiar nosotros para cambiar al sistema?
Porque si los candidatos llegan desde la misma cultura que decimos rechazar, repetirán sus vicios. Si los electores votamos desde el resentimiento, el interés personal, la dádiva o la manipulación, produciremos gobiernos del mismo tamaño moral de nuestras decisiones. Si exigimos honestidad pública mientras practicamos deshonestidades privadas, estaremos sembrando la contradicción que después cosecharemos como fracaso colectivo.
La nueva conciencia social que Guerrero necesita no puede construirse con frases huecas ni con discursos fabricados para campaña. Tampoco con la soberbia de quienes creen estar moralmente por encima de todos los demás. Necesitamos una reflexión más incómoda, más silenciosa, más personal. No se trata de salir a gritar pureza a los cuatro vientos. Se trata de preguntarnos, con honestidad brutal, qué clase de personas somos.
¿Somos corruptos? ¿Manipuladores? ¿Abusivos? ¿Mentirosos? ¿Indiferentes? ¿O somos íntegros apenas cuando no hay costo? ¿Somos buenos ciudadanos solo cuando nos conviene? ¿Somos honestos en lo grande, pero tramposos en lo pequeño? ¿Somos críticos del poder, pero autoritarios en nuestra casa, en nuestra empresa, en nuestro sindicato, en nuestro grupo o en nuestra oficina?
No aspiremos a ser perfectos. Eso sería absurdo. Pero sí podemos aspirar a ser conscientes. Y una sociedad consciente ya representa un principio de transformación.
A los candidatos habría que decirles algo sencillo: no prometan lo que no están dispuestos a encarnar. No hablen de honestidad si ya están negociando privilegios. No hablen de seguridad si van a pactar con el miedo. No hablen de desarrollo si no entienden la pobreza real, la desigualdad territorial, el abandono de las comunidades, la fragilidad de Acapulco, la desesperanza de los jóvenes y el cansancio de una sociedad que ha escuchado demasiadas veces el mismo libreto.
Y a los electores también habría que decirnos algo: no vendamos nuestra dignidad por una promesa, una despensa, un favor, una cercanía o una venganza política. El voto no es un trámite. Es una confesión pública de lo que esperamos del futuro. Votar también revela quiénes somos.
Guerrero no necesita mesías. Necesita ciudadanía. Acapulco no necesita salvadores improvisados. Necesita instituciones decentes, empresarios responsables, trabajadores respetados, jóvenes con oportunidades, servidores públicos con vergüenza, líderes sociales con principios, medios críticos, familias conscientes y ciudadanos capaces de decir no cuando todos alrededor dicen que sí a lo indebido.
El cambio social profundo no empieza en el templete de campaña. Empieza en la conciencia. Empieza cuando dejamos de justificar lo injustificable. Empieza cuando entendemos que la política no es un espectáculo ajeno, sino el reflejo organizado de nuestra vida colectiva.
Si queremos un gobierno distinto, debemos construir primero una sociedad distinta. Y esa sociedad no aparecerá por decreto ni por propaganda. Nacerá de pequeños núcleos de conciencia: personas que se atrevan a revisarse, corregirse, hablar con verdad, actuar con decencia y exigir sin hipocresía.
El proceso electoral que viene debería servirnos para algo más que cambiar nombres en las boletas. Debería obligarnos a una pregunta esencial: ¿qué tipo de Guerrero estamos dispuestos a merecer?
Porque al final, quizá el primer acto verdaderamente político no sea levantar la mano en un mitin ni marcar una boleta electoral. Tal vez el primer acto político sea mirarnos al espejo y aceptar, sin excusas, qué parte del problema hemos sido y qué parte de la solución estamos dispuestos a ser.
Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.
JLG