Por Patricia Segovia Téllez

Comenzó con muchos temores de si podía sobrevivir el reciente golpe económico. Estaba segura que aún con la gran ayuda que recibí de parte de amigos y sobre todo de mi extraordinaria familia, no podría sostener los gastos y deudas que tenía encima.

Seguí las fechas tradicionales; Año nuevo, amistad, cumpleaños de familia y amigos, las mamás, los papás, pero el “grito”, los desfiles, el informe, no me significaron mayor cosa. Un poco el “Día de muertos” tal vez porque cada año, se acumulan las personas que habitan mi mente y corazón.

Sentí una gran decepción al ver como la primera minoría de mexicanos y la mayoría que fue el abstencionismo, le entregaban el país a una sola fuerza. Me parece suicida darle todo el poder a una sola expresión política. Parece que no entienden la lección de tener al PRI, con dominio absoluto, durante casi ocho décadas y ahora se lo dan a ese mismo partido, pero vestido de otro color (Monreal, López, Murat, solo unos ejemplos). Si hubiere ganado Xóchitl, opción que yo apoyé, era saludable que no tuviere la mayoría en el congreso y menos el control de la Suprema  Corte de Justicia de la Nación.

2024 me provocó un intenso y sorpresivo dolor al perder físicamente a mi amiga Laura. Inolvidable e invaluable para mí pues fue la que me abrió la puerta de Acapulco, me cuidó, me relacionó. Era la más ferviente impulsadora de mis proyectos, generosa en sus cometarios, para felicitarme, impulsarme y muy clara en sus observaciones, sincera en sus regaños. Ella mitigó esos días de absoluta soledad que significaron mis primeros momentos en este, ahora, adorado lugar, que me ha dado de todo.

Durante este año, me enamoré y volví a ser obviada. Es sorprendente lo que te provoca el amor. Pasas de la ilusión, la pasión, te sientes valorada, feliz, importante a sentirte triste, deprimida, humillada, lastimada, sin valor, con un cumulo de defectos. Un papel utilizado y tirado.

En otro orden de ideas, deseo que “alguien” no vomite al escuchar a Bruno Marx. Como decía mi abuelo “Yo sé mi cuento”

Cuando creí que ya todo había pasado, llega John con una carga de miedo, de vulnerabilidad, de desesperación y el fantasma del fracaso económico, volvió a aparecer y se ha convertido en la sombra que me acompaña día con día.

Este año que está por terminar ha sido intenso, pero así soy y creo que así debe ser la vida. Lloré, reí, bailé, canté, me deprimí. Fui “del cielo al infierno” en unos cuantos días. Comí de lo mejor y me alimenté de lo que tenía, pero aprendí a abrazar de una manera que no pensé, pudiera ser tan bella.

Espero qué en 2025, logre mas certezas, menos miedos, no perder a nadie, volver a amar, menos decepciones, mas felicidad, más fuerza, más fortaleza, más firmeza, más ilusiones, más esperanza, más amigos, más creatividad, más celebración, más amor para Acapulco, en grande, porque lo merece y lo necesita. Si nosotros no hacemos algo para cambiar el estado de cosas, los que tienen el poder, seguirán igual. Viven bien, comen bien, tienen buena atención médica, los cuidan, le llevan agua en pipas, si es necesario. A ellos, no les duele nada ni nadie, a nosotros todo y todo el tiempo.

Yo le deseo amigo de “Presencia” que haya tenido un año 2024, intenso, qué al mirarlo a través de sus recuerdos, del sabor que sean, diga convencido “valió la pena cada segundo” y que 2025, como venga, contemos con el espíritu de decirle “Aquí estoy, listo para lo que traigas”

Antes de concluir, no pudo pasar por alto el agradecimiento a Fernando Vargas, la “Revista Presencia” y sobre todo a sus lectores por haberme permitido compartir; ideas, vivencias, historias. Es un verdadero privilegio, gusto, honor que personas que últimamente parecen haberse forjado en hierro candente, consideren darme un tiempo y leer estas líneas, por ello, gracias, muchas gracias y aquí estaremos.

Abrazos afectuosos, y mis mejores deseos, siempre.