
Dr. Ricardo Guillén Memije
La fábula “La Gallina y El Cerdo” de Rafale Pombo ilustra las diferencias entre los términos “comprometido” e “involucrado”. Y hace reflexionar sobre ¿Quién se compromete más de los dos, en el platillo de huevos con jamón?. Pues mientras que la gallina se involucra poniendo los huevos; el cerdo se compromete aportando una parte de sí mismo.
En nuestra vida cotidiana, dos expresiones resuenan con frecuencia: “tener que” y “deber de”. Aunque a menudo se utilizan indistintamente, en realidad encapsulan diferentes matices de nuestras acciones y decisiones. Estas frases no solo reflejan nuestras obligaciones y responsabilidades, sino que también nos invitan a reflexionar sobre cómo abordamos nuestras tareas diarias y nuestro compromiso con la sociedad.
La expresión “tener que” se convierte en una constante que nos guía y a veces nos abruma. “Tener que” pagar impuestos, “tener que” cumplir con horarios laborales, “tener que” seguir las normas.
El “tener que” nos remite automáticamente a la idea de obligación. Las obligaciones son esos deberes ineludibles que se nos imponen desde el exterior. La sociedad, las leyes y las normas establecen un conjunto de obligaciones que debemos cumplir para mantener el orden y la cohesión social. Estas obligaciones son esenciales; sin ellas, la anarquía y el caos prevalecerían. Cumplir con nuestras obligaciones, como ciudadanos, empleados o miembros de una familia, es fundamental para el funcionamiento armonioso de cualquier comunidad.
Por otro lado, el “deber de” se adentra en el territorio de la moral y la ética, donde las acciones no solo son impuestas, sino que también son asumidas por un sentido profundo de justicia y rectitud. El “deber de” implica una reflexión interna sobre lo que es correcto y justo hacer, independientemente de las imposiciones externas. Se trata de una obligación moral que nace de nuestros valores y principios, guiando nuestras acciones hacia lo que consideramos correcto y beneficioso para el bienestar común.
Mientras que el “tener que” puede sentirse como una carga externa que debemos llevar, el “deber de” se percibe como un llamado interno, una voz de nuestra conciencia que nos dirige hacia el bien. El primero nos dice que debemos actuar porque así está establecido, mientras que el segundo nos motiva a actuar porque es lo correcto.
Por tanto reflexionando a profundidad en realidad no “tenemos que” en absolutamente nada; sin embargo, cada decisión que tomamos y cada acción que emprendemos tiene un impacto en nosotros mismos y en los demás. Al asumir la responsabilidad personal, ganamos el control de nuestra vida y nos convertimos en agentes de cambio.
Verbigracia en el ámbito profesional, “tener que” cumplir con las tareas asignadas, llegar a tiempo y seguir las políticas de la empresa son claras obligaciones. Sin embargo, “deber de” trabajar con integridad, buscar la excelencia y colaborar efectivamente con los colegas implica un compromiso más profundo y personal con nuestro trabajo y con la organización. Un empleado que entiende su “deber de” contribuir positivamente, no solo cumple con sus obligaciones, sino que también añade valor y propósito a su labor diaria.
Por tanto, no debemos trabajar solo por el sueldo. El trabajo es una fuente de ingresos necesaria, pero también es una oportunidad para crecer, aprender y contribuir de manera significativa a nuestra comunidad y sociedad. Encontrar propósito y satisfacción en lo que hacemos nos lleva a una vida más plena y significativa.
En nuestra vida personal y familiar, “tener que” cuidar de nuestros seres queridos, mantener el hogar y gestionar nuestras finanzas son responsabilidades claras y necesarias. Pero el “deber de” brindar amor, apoyo emocional y comprensión a nuestros familiares va más allá de las simples obligaciones. Este sentido del “deber de” fortalece los lazos familiares y enriquece nuestras relaciones, haciendo que las tareas cotidianas sean actos de amor y compromiso.
Por tanto, no debemos ser amables o generosos solo para recibir algo a cambio. La verdadera bondad y generosidad surgen del deseo genuino de ayudar y hacer el bien. Actuar desde la compasión y el altruismo crea conexiones más profundas y significativas, y contribuye a construir una comunidad más solidaria y empática.
Incluso en lo intrapersonal; en cuanto a la salud, no debemos cuidar de nuestro cuerpo y mente únicamente para evitar enfermedades. Mantener una dieta equilibrada, hacer ejercicio regularmente y practicar la meditación o el mindfulness no son solo medidas preventivas; son hábitos que mejoran nuestra calidad de vida, nos llenan de energía y nos permiten disfrutar del presente de manera más plena.
Como ciudadanos, “tener que” obedecer las leyes, pagar impuestos y votar en las elecciones son obligaciones fundamentales. Sin embargo, el “deber de” participar activamente en la comunidad, defender los derechos de los demás y trabajar por el bien común refleja una responsabilidad cívica más profunda. Un ciudadano que entiende su “deber de” no solo cumple con las normas, sino que también se involucra en la construcción de una sociedad más justa y equitativa.
En cuanto al medio ambiente, “tener que” cumplir con las regulaciones de reciclaje y uso responsable de los recursos es crucial. Pero el “deber de” proteger y preservar nuestro planeta para las futuras generaciones implica un compromiso más amplio y consciente. Adoptar hábitos sostenibles, educar a otros sobre la importancia de la conservación y apoyar políticas ecológicas son acciones que reflejan este “deber de” cuidar de nuestro entorno natural.
Luego entonces podemos concluir que mientras que el “tener que” representa nuestras obligaciones externas, el “deber de” encarna nuestras responsabilidades internas y morales. Ambos conceptos son esenciales para una vida equilibrada y significativa. Cumplir con nuestras obligaciones es fundamental para el orden y la cohesión social, pero abrazar nuestro “deber de” nos lleva a actuar con integridad y compromiso, transformando nuestras acciones en contribuciones valiosas para la sociedad. Reflexionemos sobre cómo podemos integrar estos principios en nuestra vida diaria, yendo más allá del simple cumplimiento de obligaciones para vivir con un sentido profundo de deber y responsabilidad.
Para transformar el mundo en un mejor lugar, no hacen falta superhumanos, basta con que cada quien desempeñe su rol con compromiso. Y tú… ¿qué eliges ser cerdo o gallina?
