La Cuba de Natalia Bolívar Aróstegui: un puente entre dos mundos

Valeria Aylin Hernández Muñoz

 

En el seno de una familia aristocrática habanera, veo a una niña de tez clara sentada en las faldas de una negra conga, bembona, negra, que cuenta historias…historias que parecen cobrar vida y contarse por sí solas. Maravillada ella pregunta y la nana, Isabel Cantero, responde, y sin saberlo siembra en ella la semilla de la negritud, de lo afro, del tabú, de lo que por mucho tiempo estuvo prohibido, de lo negro, de la misma identidad.

Estudiar la historia cubana sin contemplar la presencia negra, es prácticamente imposible, es un aspecto inherente que se fusiona perfectamente y penetra todos los aspectos de la vida misma, los gestos, la música, la forma de hablar, la comida, las leyendas, la oralidad, la religión. Al menos esto podemos apreciar en la vida y obra de Natalia Bolívar Aróstegui, una de las investigadoras, escritoras y etnólogas que ha tenido no solo Cuba sino el mundo.

Adentrarnos en su literatura, sus entrevistas y su persona, es un viaje al corazón del África de los tiempos de andilanga, tal y como ella lo decía “yo soy a la antigua”, y vaya que lo era, lo es y siempre lo será. Descendiente de Simón Bolívar, Natalia poseía una doble vida, por un lado: hija de un matrimonio aristocrático que la instruyó con base a los modos y costumbres emanados del conservadurismo de la época, colegio católico “Sagrado Corazón de Jesús”, ajena a los problemas que para aquel momento atravesaba la isla, lo que le permitió dedicarse libremente al arte y matricularse en varios cursos en la Habana y Nueva York. Por otro lado, miembro del Directorio Revolucionario, un grupo rebelde en contra de aquel presidente y dictador Fulgencio Batista, apasionada de las armas, la guerrilla y todo lo que fuese en contra del entorno en donde se desenvolvía.

Discípula de Lydia Cabrera y Fernando Ortiz, grandes historiadores y figuras imprescindibles en la comprensión del lado afrodescendiente de Cuba, Natalia dedicó gran parte de su vida a la recopilación de información y dignificación de las prácticas religiosas de la perla del Caribe. Para Aróstegui, la magia no era una manifestación de irracionalidad sino una clara legitimización del conocimiento ancestral que es transmitido de generación en generación y en donde lo simbólico va de la mano con lo espiritual.

En obras como “Los Orishas en Cuba”, “Ifá: su historia en Cuba” y “¿Sincretismo religioso? Santa Bárbara, changó” podemos rescatar un esfuerzo constante de demostración por parte de Natalia del papel de la llegada africana a Cuba, el sincretismo y la práctica religiosa como parte de la identidad cubana; los orishas, los caracoles, las leyendas, expresiones del día a día son comprendidas como una lógica cultural que ha sobrevivido con el paso del tiempo, manteniendo su esencia intacta.

Con una serie de collares de cuentas de diversos colores, tamaños y significados, un par de anteojos delgados sostenidos por un rostro marcado por el paso del tiempo, un cabello lleno de canas y una memoria intacta, Natalia Bolívar siempre dejó en claro el amor a su país pero más a sus raíces, algo que nació con ella, que se avivó con su nana Isabel y persistió hasta el último día de su vida. ¿Cómo es posible que viniendo de una familia aristocrática, adinerada y blanca pudiese querer lo opuesto? uno no puede huir de su propia esencia, su historia, ancestros y lo que se es… y ella siempre lo tuvo claro.

Hablar de Natalia Bolívar Aróstegui es adentrarse en un territorio donde la palabra no solo describe, sino que invoca; donde la escritura no solo explica, sino que también escucha los susurros de lo invisible. Su obra es un puente entre dos mundos: África y América, los vivos y los muertos, la razón y el misterio. Entre humo de tabaco, ron, albahaca con siguaraya, tambores batá, altares y cánticos yorubas su obra nos recuerda que lo invisible también sostiene el mundo; que hay fuerzas que no se ven, pero que se sienten. Y que, quizá, entenderlas no requiere explicarlas, sino aprender a respetarlas.

A través de sus investigaciones y producciones literarias podemos conocer desde su mirada la Cuba que la vio crecer, la Cuba de los orishas, de la resistencia, del sincretismo religioso…La Cuba de Natalia.