Entre dos Méxicos: un viaje que transforma “Turismo Comunitario”

Dra. Maricela López Trejo

Hay viajes que se olvidan al regresar a casa y hay otros que se quedan habitando en la memoria, como si uno nunca hubiera terminado de volver. Estas vacaciones decidí hacer un recorrido que no se mide en kilómetros, sino en emociones: del árido y cálido norte de Miraflores al vibrante y místico sur de San Cristóbal de las Casas. Dos geografías distintas, pero un mismo latido: el turismo comunitario.

Estando en Baja California Sur decidí dirigirme hacia Miraflores un camino que no anuncia lo que está por suceder. La tierra parece seca, el paisaje sobrio, pero de pronto, la vida emerge. Como un secreto bien guardado, aparece el Restaurante Doña Pame.

No hay grandes letreros ni pretensiones. Solo una puerta abierta y el aroma. Ese aroma que abraza antes de entrar, que promete historia en cada platillo. Al cruzar, no se siente como llegar a un restaurante, sino a una casa.

Doña Lucy Trasviña Pame nos recibió con una sonrisa y nos ofreció el menú, y excelente conversación. Donde nos preguntó de dónde vienes,  con su calidez que no se aprende en manuales de servicio. Aquí no existe la prisa. El tiempo se cocina a fuego lento.

Las tortillas se inflan en el comal como si respiraran. La machaca, los frijoles, el café… todo tiene un origen, una historia, una razón de ser. Cada bocado es una narrativa del territorio: del esfuerzo, de la familia, de la resistencia.

Y es ahí donde se comprende algo esencial: la calidad en el turismo comunitario no está en el lujo, sino en la autenticidad.

El turismo comunitario vive en ese delicado equilibrio. Donde los lugares no se vuelven demasiado populares y sostienen su esencia sin convertirse en espectáculo.

Mi viaje continúa hacia el sur, donde el aire cambia, se vuelve más húmedo, más denso… más simbólico al llegar a San Cristóbal de las Casas, Chiapas , es entrar a un escenario donde cada calle cuenta una historia.

En abril se intensifica porque la ciudad no solo se muestra se revela en la Feria de la Primavera y de la Paz. Las calles se llenan de colores que no se pueden nombrar fácilmente. Los trajes tradicionales no son disfraces: son identidad viva. Las danzas no son coreografías: son memoria colectiva.

Como turista me encuentre rodeada de música, de risas, de miradas. Pero no fui un espectador distante, son me volví parte de ahí.

Una mujer ofrecen textiles bordados a mano. Cada figura tiene significado. Cada hilo, tiempo invertido. No es una simple compra es un intercambio cultural.

Un niño corre entre los puestos. Un anciano observa desde una banca. Un grupo danza al ritmo de una tradición que no ha sido interrumpida.

El turismo comunitario, en su mejor versión, no explota la cultura: la protege, la comparte con dignidad. Pero eso exige conciencia, del turista y del anfitrión.

A simple vista, Miraflores y San Cristóbal parecen opuestos. Uno es silencio y desierto; el otro, movimiento y montaña. Pero en el fondo, comparten algo poderoso:

La comunidad como protagonista, La tradición como valor, La hospitalidad como identidad y La experiencia como vínculo humano

En ambos lugares, el turismo no se “vende”. Se construye día a día, con manos que cocinan, que bordan, que organizan, que reciben.

Este viaje no termina al cerrar la página. Continúa en quien lo lee.

Entre el norte y el sur de México existe más que distancia: existe una narrativa viva de identidad, resistencia y hospitalidad.

Desde la cocina cálida del Restaurante Doña Pame hasta la energía cultural de la Feria de la Primavera y de la Paz, el turismo comunitario nos recuerda algo esencial:

“viajar no es moverse de lugar es cambiar la forma en la que vemos el mundo#