Estados Unidos: El Juicio de Medio Término | Propuestas y Soluciones

Jorge Laurel González

“Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer”.

Abraham Lincoln (1809-1865)

El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará unas elecciones legislativas que, aunque no renovarán la presidencia, funcionarán como un verdadero referéndum sobre el segundo mandato de Donald Trump. Estarán en disputa los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 lugares del Senado, incluidas dos elecciones especiales. Más que elegir legisladores, los estadounidenses decidirán si desean mantener el poder casi absoluto que los republicanos han ejercido en Washington o imponerle un contrapeso institucional al presidente. Actualmente, la mayoría republicana en la Cámara de Representantes es extremadamente frágil: 218 republicanos, 212 demócratas, un independiente y cuatro lugares vacantes. Esto significa que bastaría una variación relativamente pequeña para entregar el control legislativo a los demócratas. En el Senado, en cambio, el Partido Republicano conserva una ventaja más sólida de 53 contra 47, contando dentro del bloque demócrata a los dos senadores independientes que generalmente votan con ellos. Los demócratas necesitarían ganar cuatro lugares netos para alcanzar la mayoría. Las encuestas anticipan problemas serios para el partido gobernante. El promedio del Silver Bulletin, actualizado el 23 de julio, coloca a los demócratas aproximadamente seis puntos por encima de los republicanos en la intención nacional de voto para el Congreso. Una encuesta de Emerson College entre votantes probables amplía la diferencia hasta once puntos: 53 por ciento para los demócratas frente a 42 por ciento para los republicanos. El mismo estudio sitúa la aprobación presidencial de Trump en apenas 39 por ciento, contra 57 por ciento de desaprobación. Debemos recordar, sin embargo, que una encuesta no es una sentencia. El voto nacional no se convierte automáticamente en escaños debido a la distribución territorial de los electores, al diseño de los distritos y a la distinta participación electoral en cada estado. Los demócratas pueden obtener más votos en el conjunto del país y, aun así, no alcanzar una mayoría suficiente. Pero una ventaja nacional sostenida de seis puntos, acompañada por el desgaste presidencial, representa una señal de alarma para cualquier partido gobernante. La historia tampoco favorece a Donald Trump. Desde 1946, el partido del presidente ha perdido, en promedio, 25 representantes durante las elecciones de mitad de mandato. Cuando la aprobación presidencial se encuentra por debajo del 50 por ciento, la pérdida promedio aumenta hasta 37 lugares. Trump no necesita sufrir una derrota de esas dimensiones para perder la Cámara: por la estrechez de la actual mayoría republicana, una reducción mucho menor podría ser suficiente. La economía será nuevamente el centro de la elección. Una encuesta de The Washington Post e Ipsos encontró que 54 por ciento de los votantes registrados considera que la economía y los precios elevados serán factores determinantes para decidir su voto. El 65 por ciento desaprueba la manera en que Trump conduce la economía, mientras únicamente 33 por ciento la aprueba. Además, 65 por ciento considera que los alimentos resultan poco accesibles para el presupuesto familiar. Las personas pueden apoyar una ideología, admirar a un dirigente o identificarse con una bandera, pero finalmente votan pensando en el precio de la gasolina, el supermercado, la vivienda y los servicios. Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, la presidencia de Trump entrará en una etapa completamente diferente. Se multiplicarán las investigaciones legislativas, las comparecencias de funcionarios y los enfrentamientos por el presupuesto, la política migratoria, los aranceles y las intervenciones militares. La Cámara podría bloquear buena parte de la agenda presidencial y obligar a Trump a gobernar mediante negociaciones, decretos y confrontaciones permanentes. No significaría necesariamente el fin de su gobierno, pero sí el final de su libertad política. Trump se enfrentaría durante sus últimos dos años a una administración dividida, con riesgo de parálisis presupuestaria y con cada decisión presidencial convertida en materia de investigación. También podrían resurgir intentos de juicio político, aunque una eventual destitución requeriría una mayoría calificada en el Senado, algo mucho más difícil de conseguir. El Senado representa, precisamente, la muralla republicana. Aunque los demócratas cuentan con oportunidades en Carolina del Norte, Ohio, Iowa y Alaska, deben obtener cuatro victorias netas y proteger al mismo tiempo sus propios escaños competitivos. Los grandes comités políticos demócratas ya están concentrando decenas de millones de dólares en esos cuatro estados, pero las organizaciones republicanas conservan una ventaja financiera importante. La Cámara parece hoy inclinada hacia los demócratas; el Senado permanece abierto, pero con ventaja republicana. Las elecciones de noviembre también serán la primera vuelta no oficial de la contienda presidencial de 2028. Donald Trump no puede volver a ser elegido presidente porque la Vigesimosegunda Enmienda constitucional prohíbe que una persona sea electa más de dos veces. Sin embargo, seguirá siendo el gran elector del Partido Republicano y buscará escoger a su heredero político. En el campo republicano se perfila una competencia entre el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. La encuesta nacional de Emerson los coloca prácticamente empatados: Vance con 39 por ciento y Rubio con 38 por ciento. Vance representa la continuidad ideológica del movimiento MAGA; Rubio podría presentarse como una versión más institucional, diplomática y aceptable para los sectores empresariales y moderados. Una victoria republicana en noviembre fortalecería a Vance. Una derrota severa abriría el camino para Rubio o para alguna alternativa que prometa conservar el voto trumpista sin reproducir todos los conflictos de Trump. Entre los demócratas, la competencia aparece mucho más fragmentada. Pete Buttigieg encabeza por ahora con 19 por ciento, seguido por Gavin Newsom con 17, Jon Ossoff y Alexandria Ocasio-Cortez con 13 por ciento cada uno. Detrás aparecen Kamala Harris, Andy Beshear, Josh Shapiro y JB Pritzker. La verdadera disputa demócrata será entre quienes proponen recuperar al votante moderado de los estados decisivos y quienes consideran necesario construir una izquierda más combativa, popular y movilizadora. Para México, estas elecciones no deben observarse como un espectáculo extranjero. El equilibrio político estadounidense influye directamente en el comercio, la migración, la seguridad fronteriza, las inversiones, el turismo y la relación bilateral. La propuesta debe ser clara: México necesita una diplomacia profesional y bipartidista que dialogue tanto con republicanos como con demócratas, con gobernadores, legisladores, empresarios y comunidades mexicanas. Apostarlo todo a una sola personalidad o a un solo partido sería un error estratégico. Estados Unidos decidirá en noviembre si le permite a Donald Trump concluir su mandato con las manos libres o si coloca frente a él un Congreso dispuesto a contenerlo. También comenzará a decidir quién heredará su movimiento y quién encabezará la oposición. Las elecciones legislativas no solamente renovarán el Capitolio: definirán los últimos años del trumpismo presidencial y abrirán formalmente la batalla por la Casa Blanca en 2028.

Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.

Jorge Laurel GonzálezEmpresario restaurantero y hotelero