
Valeria Aylin Hernández Muñoz
En Guerrero, las redes sociales han vuelto a poner sobre la mesa una realidad que durante años ha sido normalizada: el maltrato animal disfrazado de tradición. Videos de gallinas, gallos, burros, perros y otros animales sometidos a violencia, tortura o agotamiento generan indignación, pero también una pregunta incómoda: ¿en qué momento una costumbre deja de ser una expresión cultural y se convierte en crueldad?
Recientemente, imágenes difundidas desde comunidades como Apango y Xilocintla han provocado cuestionamientos. En Apango, durante una celebración, se observa a jinetes intentando degollar una gallina que permanece amarrada de las patas y suspendida de cables. En Xilocintla, otro video muestra a una burra aparentemente sobrecargada, que pierde estabilidad mientras es montada y, pese a ello, es obligada a continuar. Más allá de la tradición, existe un ser vivo experimentando sufrimiento.
El problema no es la cultura ni las celebraciones comunitarias. Guerrero posee una enorme riqueza de tradiciones que forman parte de su identidad y memoria colectiva. El problema aparece cuando la frase “así se ha hecho siempre” se convierte en una justificación para perpetuar prácticas que provocan dolor. Una tradición puede transformarse sin desaparecer; preservar una costumbre no debería significar conservar también aquello que lastima.
La Ley Número 491 de Bienestar Animal del Estado de Guerrero reconoce el derecho de los animales a recibir un trato digno y contempla como maltrato diversas acciones que les ocasionen dolor o sufrimiento. Incluso establece restricciones para imponer a los animales trabajos que superen su capacidad o hacerlos trabajar cuando están enfermos o fatigados, un claro ejemplo de ello en nuestro contexto fue la sustitución de los caballos en las famosas “calandrias” del puerto de Acapulco; sí, una tradición estética y de entretenimiento que formaba parte de la identidad cultural… pero a costa del maltrato animal. Por ello, que una práctica sea considerada tradicional no significa que quede automáticamente fuera de la responsabilidad legal.
Pero el maltrato animal también debería preocuparnos por algo que va más allá de la legislación. La violencia puede aprenderse, normalizarse y reproducirse. Esto no significa que quien maltrata a un animal necesariamente agredirá a una persona, pero diversos estudios han identificado vínculos entre la crueldad animal y otros patrones de violencia. Cuando una sociedad observa el sufrimiento de un ser vivo como entretenimiento y decide no intervenir, también está enseñando qué tan tolerable puede ser la violencia.
Y aquí aparece una responsabilidad colectiva. No se trata de señalar a las comunidades rurales o indígenas como violentas ni de enfrentar cultura contra bienestar animal. Se trata de abrir una conversación entre autoridades, comunidades, especialistas y ciudadanos para encontrar alternativas que permitan conservar el significado de las celebraciones sin utilizar el sufrimiento como parte del espectáculo. Porque una tradición que evoluciona no pierde su identidad; demuestra que también puede adaptarse a una sociedad con mayor consciencia.
Una gallina no sabe si está participando en una fiesta patronal. Una burra no entiende de costumbres ni de devoción. Un perro no comprende por qué alguien decidió envenenarlo. Un gato no sabe la razón por la cual fue asesinado a patadas o fue atropellado intencionalmente. Todos ellos, sin importar si son animales de compañía, de trabajo o utilizados en una celebración, tienen algo en común: pueden sentir dolor y dependen de los seres humanos para proteger su vida.
Quizá la discusión ya no debería ser si los animales merecen respeto. La pregunta debería ser qué clase de sociedad queremos construir cuando tenemos frente a nosotros a un ser vivo que no puede defenderse. Ninguna tradición debería necesitar una víctima para mantenerse viva. La cultura puede conservarse, las fiestas pueden continuar y nuestras raíces pueden honrarse sin convertir el sufrimiento animal en espectáculo.