Los sucesos climatológicos que afectaron a casi la mitad de los estados del país, principalmente a los situados en el Golfo de México recientemente, deberían darnos la pauta de lo que se viene este año en cuanto a tormentas, ciclones, huracanes y no olvidemos los temblores.
Esperemos que todos: sociedad y gobierno, hayamos aprendido algo después del Otis. Por parte de ciudadanía se tendría que considerar un protocolo para evitar lo más que se pueda los daños personales e inmuebles que se habiten.
La parte más relevante es de las autoridades porque de ellas depende generar las condiciones de prevención y seguridad respectivas. Las cuales inician desde la limpieza de canales hasta hacer una auténtica supervisión de edificios, casas y lugares públicos en los que aún cuelgan láminas o existen escombros que causarán un daño mayor ante las lluvias y vientos que se avecinan.
Hasta el momento se ve insuficiente el esfuerzo oficial en ese sentido. Pero se pone peor cuando por ningún lado se ha presentado una propuesta seria de crear uno o varios refugios seguros para quienes tengan la necesidad de desplazarse por los fenómenos climáticos y naturales como temblores.
Aquí es donde los grupos organizados juegan un papel importante, para ser contrapeso e incidir en la urgencia de crear medidas preventivas de acuerdo a lo que en los últimos años ha padecido el puerto.
De lo contrario, estaremos más expuestos y vulnerables que antes del Otis, porque aún conociendo la magnitud de los daños que pueden originarse, se mantenga Acapulco como si nada pudiera pasar. Y ya vimos en octubre del año pasado, las consecuencias de ese tipo de decisiones.
