Sin Olvido no hay Acción

Gustavo Adolfo Torres Blanco

 

En la política contemporánea, la memoria se ha convertido en un valor incuestionable. Recordar es un deber moral; olvidar, una sospecha. Sin embargo, esta lógica (aparentemente progresista) encierra una paradoja peligrosa: Cuándo todo se recuerda, nada se mueve; es en esta reflexión donde aparece el iluminado pensamiento de Nietzsche con una advertencia que no pierde vigencia, sino que parece señalar con claridad lo que muchas sociedades viven: “Sin olvido no hay acción.”

Quiero puntualizar que Nietzsche nunca defendió la ignorancia ni la negación del pasado, sin embargo, lo que propuso fue algo mucho más profundo e inquietante, el uso del olvido como una fuerza activa, entendida como una herramienta que desarrolla la capacidad para crear y vivir en paz y con evolución.

Leyendo “La genealogía de la moral”, se aprecia que sostiene que una conciencia saturada de recuerdos se vuelve enferma, incapaz de decidir, por lo que el exceso de memoria produce resentimiento, y el resentimiento una acción política reactiva: es decir, una política que no imagina futuros, sino que administra agravios.

Este diagnóstico resulta claramente relevante en las sociedades que únicamente se dedican a administrar el pasado, convirtiendo la memoria histórica en herramienta de mandato absoluto, tendiendo a fijar identidades y roles a modo,(víctimas y culpables, acreedores y deudores históricos) que se heredan sin posibilidad de transformación. El conflicto, entonces, deja de ser una etapa a superar y se convierte en una condición permanente. En ese contexto, la acción política se reduce a la repetición ritual del recuerdo.

Si somos observadores, Nietzsche ya había advertido este peligro en “Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida”. Allí sostiene  que la historia solo es valiosa cuando sirve a la vida; cuando no, la debilita. Una sociedad excesivamente consciente de sí misma, de sus traumas “de sus deudas”, corre el riesgo de quedar paralizada. No por falta de información, sino por exceso de pasado, esto de ninguna manera  implica justificar la amnesia institucional ni el borrado deliberado de crímenes e injusticias, mucho menos de complicidad e impunidad; el olvido al que alude Nietzsche no es el del poder que oculta, sino el del sujeto (individual o colectivo) que decide no quedar atrapado en la lógica del daño. Se trata de un olvido selectivo, una forma inteligente de soberanía sobre la propia memoria. Recordar solo lo necesario; olvidar todo aquello  que le paraliza, lo que le impide actuar.

Desde esta perspectiva, la política no puede limitarse a la reparación infinita ni a la administración de culpas heredadas. Actuar es siempre comenzar algo nuevo, y todo comienzo exige una ruptura. Sin la capacidad de soltar ciertas narrativas, no hay proyecto posible, puede ser rentable electoralmente y una forma de evadir las responsabilidades propias, pero inevitablemente la realidad termina cobrando la falta de visión y de rumbo. Sin olvido, no hay acción; solo reacción.

En tiempos donde recordar parece sinónimo de justicia, conviene hacernos esta pregunta incómoda: ¿qué tipo de memoria produce futuro y cuál lo clausura?

José Francisco Ruiz Massieu nos hizo una advertencia clara; “prefiero la política del sentimiento que la del resentimiento”,  una postura política de estado, debe  valorar la acción basada en valores, principios, ideas y empatía (“sentimiento”) y no partir  de la motivación por rencores, odios frustraciones o venganzas personales (“resentimiento”).

Una política que no sabe olvidar está condenada a girar sobre sí misma, celebrando su conciencia nmientras renuncia a transformar el mundo.