
Jorge Laurel González
La guerra no determina quién tiene la razón, sino quién queda.
Bertrand Russell (Matemático, escritor y filósofo británico 1872 – 1970)
Cuando el mundo oye la palabra guerra, el turismo escucha tres palabras todavía más concretas: cancelaciones, encarecimiento e incertidumbre.
La nueva escalada entre Estados Unidos e Irán, intensificada tras los ataques reportados desde finales de febrero y primeros días de marzo de 2026, no es un asunto lejano para quienes vivimos del turismo. Aunque el conflicto ocurra al otro lado del planeta, sus ondas expansivas viajan más rápido que cualquier avión: llegan al precio del combustible, a la percepción de seguridad, al costo de los boletos y, finalmente, a la decisión íntima del viajero que pospone, acorta o cancela su salida.
Lo primero que debe entenderse es que el turismo no se daña solamente cuando hay balas cerca de un destino. También se daña cuando el viajero percibe que el mundo entero entró en zona de riesgo. Ese es el verdadero peligro de una confrontación de esta naturaleza: no solo afecta a Medio Oriente; contamina el ánimo global del viaje. Y el turismo, nos guste o no, es una industria de confianza. Si la confianza se debilita, la ocupación lo resiente.
Los datos que están emergiendo son preocupantes. Reuters reportó este 6 de marzo que el precio del combustible para aviación en Estados Unidos subió 15% en una sola semana por el conflicto, mientras varias aerolíneas ya anticipan un golpe directo a sus resultados. La misma cobertura advierte que, como muchas compañías dejaron de cubrirse con esquemas de protección ante alzas de combustible, hoy están más expuestas a una crisis prolongada.
Traducido al lenguaje del turismo: volar se vuelve más caro, más incierto y más frágil.
Si además se agregan cierres de espacio aéreo, cancelaciones y desvíos de rutas, el problema deja de ser solo financiero y se convierte en operativo. Reuters informó que miles de vuelos en la región han sido cancelados desde el inicio de la escalada, afectando a pasajeros, conexiones y cadenas de viaje mucho más allá del Golfo. Oxford Economics, en un análisis reciente, incluso se estiman caídas de entre 11% y 27% en llegadas turísticas a Medio Oriente durante 2026, con pérdidas multimillonarias en gasto de visitantes.
Algunos podrían pensar que México, y particularmente destinos como Acapulco, Cancún o Los Cabos, podrían beneficiarse como “destinos refugio” frente a la inestabilidad en otras regiones. Es una idea tentadora, pero incompleta. Sí, una parte del turismo internacional puede reorientarse hacia lugares percibidos como más seguros. Pero también es cierto que un entorno global de petróleo caro, inflación, nerviosismo financiero y boletos aéreos más altos reduce el volumen general de viajes, especialmente entre las clases medias que son decisivas para muchos mercados.
Ahí está el punto crucial: no toda crisis geopolítica nos beneficia por descarte. A veces, el turista no cambia de destino; simplemente deja de viajar.
Para México, el tema energético es central. La propia presidenta Claudia Sheinbaum declaró esta semana que su gobierno busca blindar los precios del combustible para evitar que la crisis de Oriente Medio golpee el bolsillo de las familias mexicanas. Y desde el comercio organizado ya se advierte que el conflicto puede trasladarse a gasolinas, transporte y costos operativos.
En el turismo esto importa muchísimo. Un hotel no solo vende habitaciones: compra gas, electricidad, alimentos, lavandería, logística, mantenimiento y transporte. Un restaurante no solo sirve platillos: depende de cadenas de abasto sensibles al costo energético. Cuando sube el combustible, sube casi todo. Y cuando sube casi todo, mantener competitividad sin sacrificar calidad se vuelve un acto de equilibrio.
En Acapulco, que aún conoce de fragilidades, reconstrucciones y esperanzas heridas, deberíamos leer esta coyuntura con mucha seriedad. El turismo no puede seguir administrándose solo como promoción, como publicidad, como campaña de temporada. El turismo debe pensarse como estrategia económica nacional y como asunto de seguridad integral. Porque la guerra en otra región del planeta puede terminar influyendo en la tarifa aérea del visitante, en la ocupación del hotel, en el consumo del restaurante y en la propina del mesero en nuestra propia ciudad.
Desde mi perspectiva, hay por lo menos cuatro lecciones inmediatas.
La primera: el turismo mundial sigue siendo extraordinariamente vulnerable a los choques geopolíticos. La idea de que ya habíamos dejado atrás las grandes disrupciones era falsa.
La segunda: el combustible continúa siendo un factor decisivo. Nos vendieron durante años la fantasía de un turismo inmune, digital, flexible y resiliente; pero al final un avión sigue necesitando turbosina y un destino sigue necesitando energía.
La tercera: los destinos mexicanos deben fortalecer su mercado interno y regional. Cuando el largo radio se encarece, el turismo de proximidad se vuelve salvavidas.
Y la cuarta, quizá la más importante: un país que quiera vivir del turismo no puede resignarse a la improvisación. Necesita política energética inteligente, infraestructura, seguridad pública real y capacidad de respuesta ante crisis externas.
Yo no veo este enfrentamiento USA-Irán solo como un episodio militar. Lo veo como un recordatorio brutal de que el turismo depende de la paz más de lo que a veces aceptamos. Un misil en el Golfo puede terminar costándole reservas a un hotel en Acapulco. Un alza del crudo puede alterar una temporada completa. Un clima mundial de miedo puede vaciar mesas, vuelos y playas.
Por eso insisto en lo que he defendido desde hace años: el turismo no debe concebirse como entretenimiento económico, sino como una política de Estado con visión estratégica, humana y territorial. Un turismo con propósito, precisamente, es aquel que entiende que no basta atraer visitantes; hay que construir condiciones para resistir los temblores del mundo.
Porque cuando la geopolítica arde, el turismo tiembla. Y hoy, sin exagerar, está temblando. Recordemos que solamente Juntos Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.
JLG