
Por Raúl Sánchez Aguirre
En magna obra, Harold Bloom cuestiona ¿Dónde se encuentra la sabiduría?
Viene a mi mente la frase que reza: ¡Más sabe el diablo por viejo que por diablo!
No me refiero al diablo en la botella de Robert Louis Stevenson de 1891, pero sí a la destreza del individuo en sociedad, sobre todo al crecimiento personal que debe prevalecer dada la razonabilidad que le caracteriza y diferencia de los demás seres vivos que coexistimos en el mismo planeta.
En la actualidad (2025), ¿podemos seguir sosteniendo la aludida frase? Es factible señalar que con el simple transcurso de los años la cotidianeidad produce sabiduría.
Verbigracia: ¿La sabiduría es sinónimo de experiencia, conocimientos y cultura?
Doctores en neurociencia como Mariano Sigman, afirman que: “desde el día en que nace, un chico ya es capaz de formar representaciones abstractas y sofisticadas. Sí, aunque suene descabellado, los bebés tienen nociones matemáticas, del lenguaje, de la moral e incluso del razonamiento científico y social.”
Sin embargo, ¿de qué niños estamos hablando? ¿inmersos en qué tipo de sociedad? La precitada afirmación me produce alegría pero al mismo tiempo una firme preocupación puesto que, con base en ello, se podría decir que el conocimiento, o “sabiduría”, podría tratarse de un factor hereditario, que se transmite mediante el simple contacto físico, o cercanía con otros seres como si se tratara de una especie de conexión Wi-Fi, basta recordar que a las mujeres en periodo de gestación les recomiendan evitar el estrés y hasta colocarse en sitios cómodos y de preferencia con música clásica o instrumental.
Día a día la ciencia avanza de manera desmedida e impredecible poniendo a la luz circunstancias sorprendentes como la llamada inteligencia artificial que, por sí misma: ¿constituirá inteligencia? Se dice que sólo es acumulación de información en las redes creándose una especie de biblioteca o almacenamiento digital que, mediante estratégicos promts, la información solicitada “a modo” podría ser o no certera. ¿Quién controla su veracidad?
Sé quien soy, pero desconozco lo que como individuo en sociedad soy, tengo idea, pero quien tiene mayor veracidad de lo que soy es la persona o personas que cuestionan y analizan o descubren mi verdadera identidad. ¿La opinión abstracta de terceros describirá mi verdadero yo? ¿Sabré realmente quién soy? Sin duda alguna debo acudir con un especialista para que me oriente y me apoye para descubrir mi verdadero yo.
El aludido profesionista me dice que la respuesta está en mí. ¿En serio? Entonces: ¿quién soy?
El aludido tratadista, Bloom, refiere que su interrogante proviene de la necesidad personal, que refleja la búsqueda de una sagacidad que pudiera consolarle y mitigar los traumas causados por el envejecimiento, por el hecho de recuperarse de una grave enfermedad y por el dolor de la pérdida de amigos queridos.
En múltiples ocasiones creemos tener la razón, demeritando otras razones que confluyen dentro de una sociedad lastimada por el ego permanente, que ciega y confunde la simple cotidianeidad con la razón y sobre todo con la sabiduría. Realmente sabemos que sabemos o simplemente intuimos sin razón.
Erik J. Larson, precisa que: “desde un punto de vista conceptual y matemático, el aprendizaje automático es intrínsecamente una simulación. Motivo por el cual, resulta importante lo que refiere el tratadista Hidalgo Murillo en el sentido de que sólo la persona humana piensa y razona. Pero ello: ¿constituye una facultad propia que utilizamos de manera constante? Si lo hiciéramos tendríamos una mejor sociedad, un entorno distinto, un palpable bien común y sobre todo surgiría el anhelado Estado de Derecho que no es propio, o de responsabilidad exclusiva de la eficacia de las instituciones judiciales ni gubernamentales.
Por supuesto que es importante contar con una infraestructura orgánica perfecta dentro del Estado, pero esa cualidad es atribuible, en gran medida, sin duda alguna, de la calidad, inteligencia, sabiduría y consecuente razonabilidad de los individuos.
El poder de la mente sobre la materia, generalmente olvidamos que no somos inmortales hasta que el final de nuestros días nos recuerda la triste realidad.
Mientras tanto, fomentemos esa sabiduría, con base en principios y elementos constructivos de una sociedad culta, proactiva cimentada en el respeto a los derechos humanos, calidad de vida y bienestar común.
