
Valeria Aylin Hernández Muñoz
Hablar de tacones suele colocarnos, casi de manera automática, en dos extremos discursivos: el empoderamiento o la opresión. Durante años, este objeto ha sido interpretado como símbolo de feminidad impuesta o, en contraste, como una herramienta de autoafirmación. Sin embargo, existe una lectura más silenciosa, más estructural y, quizá, más reveladora que me permito compartir con mis lectores: los tacones también son un privilegio.
Usar tacones implica mucho más que una decisión estética. Es, en realidad, una práctica atravesada por condiciones materiales y simbólicas específicas. Los tacones representan tiempo, seguridad, recursos y, sobre todo, la posibilidad de habitar entornos donde la incomodidad no se convierte en un riesgo para quien porte este calzado.
Porque usar tacones requiere tiempo: tiempo para elegirlos, para combinarlos, para caminar más lento, con porte, con gracia, con la fuerza necesaria para sostener una postura determinada. En contextos donde la vida transcurre con prisa —donde se corre para alcanzar el transporte, donde se caminan largas distancias, donde el cuerpo está al servicio de la supervivencia cotidiana— los tacones dejan de ser una opción viable. El tiempo, entonces, se convierte en una forma de privilegio.
También implican seguridad. No cualquier espacio permite la vulnerabilidad física que conlleva el uso de tacones. Calles irregulares, charcos de agua, transporte público saturado, trayectos largos o inseguros, calles empinadas, todo ello convierte al tacón en un riesgo. Solo en entornos relativamente controlados —oficinas, eventos sociales, espacios privados o vigilados— es posible sostener esa incomodidad sin que derive en peligro. Así, el tacón revela algo más profundo: la posibilidad de habitar espacios donde el cuerpo no está constantemente en alerta.
A esto se suman los recursos. Los tacones no son solo un objeto, sino parte de un sistema de consumo: requieren mantenimiento, reposición, variedad. Pero más allá del costo económico, implican también acceso a contextos donde su uso es funcional o incluso valorado. No se trata únicamente de poder comprarlos, sino de tener dónde usarlos. Desde una perspectiva sociológica, esto puede entenderse a través de lo que se conoce como la logística del privilegio: el conjunto de condiciones invisibles que hacen posible ciertas elecciones.
Por ello, usar tacones también puede leerse como una forma de libertad silenciosa. No una libertad absoluta ni universal, sino situada. La libertad de elegir incomodidad sin que esta comprometa la seguridad, la libertad de ralentizar el paso sin consecuencias. En ese sentido, los tacones dejan de ser solo un símbolo de feminidad para convertirse en un indicador social. Un marcador discreto de quién puede permitirse ciertas incomodidades y quién no. Una señal de que, incluso en los detalles más cotidianos, el privilegio opera de formas sutiles pero contundentes.
Al final, el verdadero privilegio no es llevar tacones, sino vivir en un mundo donde puedes permitirte que te duelan los pies. De este modo, más que discutir si los tacones empoderan u oprimen, habría que preguntarnos quién puede darse el lujo de que esa pregunta siquiera importe.