
RAÚL SÁNCHEZ AGUIRRE
Antes de parafrasear a Benedetti, en esta ocasión me permito destacar que, en México, como parte de los trabajos de la llamada transformación se ha modificado drásticamente el sistema de impartición de justicia; sin embargo, llevamos más de seis años y la delincuencia va en aumento como nunca; incluso, no sé si solo es mi percepción, pero ya no hay entidad federativa exenta de los efectos nocivos propios de la delincuencia.
Derivado de las correspondientes reformas: ¿Nuestros actuales titulares de los órganos jurisdiccionales tendrán idea o tomarán en consideración día a día dentro de sus resoluciones, por lo menos, la opinión que acertadamente sostiene el tratadista Barboza Zelada en el sentido de que para “la realización efectiva del derecho al ambiente sano requiere integrar derechos humanos, economía circular y gobernanza basada en métricas e indicadores, avanzando desde el desarrollo sostenible como narrativa hacia su implementación como sistema operativo”?
Lo que debe ser así, toda vez que, como bien lo refiere, todas las constituciones en el mundo tienen registrado el derecho a vivir en un ambiente sano.
Se dice en nuestro país que “primero los pobres”, y en eso estoy totalmente de acuerdo si se trata de temas relacionados con la economía y sustento diario; sin embargo, no comprendo a qué pobreza se refieren los políticos con el supuesto cambio. Si se trata de pobreza de principios y valores, me queda claro el trasfondo del movimiento; de lo contrario, no encuentro justificación alguna frente a la desmedida alza de precios en la canasta básica y nulo acceso a los servicios indispensables que le corresponde al gobierno dotar en beneficio de todos los ciudadanos, sin excepción alguna, por otra parte, del masivo recorte de personal tanto en dependencias gubernamentales como en la iniciativa privada, cierre de pequeños y grandes comercios, ni hablemos (por el momento).
Se toma a mal ser clasista, pero se afirma que “primero los pobres”; lo que, por sí mismo, conlleva ser clasista y hasta discriminatorio al no estar claro el alcance de lo que denominan “pobreza” que en política se ha tomado como banderín de lucha constante y sonante.
Desde un punto de vista romántico te pregunto: ¿Crees en el amor? ¿Crees en la justicia? Algunos ilustres abogados afirman que la justicia no existe, que se trata de un concepto obsoleto, lo que me permite cuestionar: ¿Qué pasa con el amor? ¿Será que en ambos conceptos impera el subjetivismo? ¿Será factible establecer algo concreto y palpable para darle sentido o justificación a la existencia de los trillados artículos 14 y 16 constitucionales, entre otros?
Para decir el derecho, hay que saber de derecho puesto que en materia de justicia es reprobable la improvisación y nada debería justificar la llamada curva de aprendizaje dado que, por sí misma, lesiona de manera directa los Derechos Humanos de todo gobernado, sin estar exentos quienes votaron por la anhelada transformación, misma que desde el primer día en el que inició el supuesto movimiento se debió ver o palpar un avance positivo que genere bienestar común y nunca retrocesos.
Estimo que de nada me sirve que quiten a servidores públicos y pongan a otros si los resultados serán los mismos o peores al ser evidente que le atinan a una y fallan en todas las demás. El que ya no “roben” los mismos en lugar de festejarlo debería preocuparnos.
Tenemos la fortuna de ser nuevamente una de las sedes del mundial, orgullo exacerbado por el simple hecho de ser mexicanos.
Mexicanos con un sistema de impartición de justicia cuestionable; un gobierno nada alentador, ideologías partidistas cuya retórica motiva más a los que menos tienen por el deseo intrínseco de tener, y ya teniéndolo, no saber qué hacer. Aplaudir eventos sociales para calmar el trago amargo de nuestra triste realidad.
El amor es ciego y la locura le acompaña; leamos o escuchemos a Don Mario, que no nos gane la locura y si realmente hay amor, sembremos principios y valores desde nuestro núcleo social; hagamos un cambio en nosotros mismos; no hay nada más satisfactorio que el esfuerzo propio para ser cada vez mejores ciudadanos cuyos frutos sean producto de nuestro arduo trabajo, no por las migajas gubernamentales; el amor propio debe ser a plenitud y basado en la dignidad.
Mucho aprendí de mi amigo el poeta Juan de Dios Peza, en “Reír llorando”: “¡Yo soy Garrick! Cambiadme la receta”.