
Valeria Aylin Hernández Muñoz
En ocasiones el sacrificio excesivo, la renuncia personal o incluso la tolerancia al dolor mismo se confunde con un lenguaje de amor. Desde la infancia, muchas personas crecen asociando el afecto con la carencia, la espera o el sufrimiento. Y, amar se vuelve sinónimo de aguantar y de estar a pesar de todo, de manera única, condicional irrevocable.
Partiendo de esta premisa, entendemos que el masoquismo no se vive como placer en el dolor sino como la creencia sembrada desde muy pequeños de que el amor verdadero implica soportar, incluso soportarlo todo. Entonces, quien ama, está supuesto a quedarse, perdonar en exceso, minimizarse o lastimarse incluso asímismo para no perder al otro.
Platón, en su obra “El banquete”, concibe el amor como deseo de lo que no se tiene.
Es decir que amar implica carencia, sensación de incomplitud, una búsqueda constante de algo que sabe que existe más nunca se puede alcanzar. Esta noción, aunque profundamente influyente, ha alimentado la creencia de que el amor siempre duele porque nace de la falta, del vacío; en realidad es una manera de romantizar el sufrimiento volviéndolo así una condición natural del amor.
Por otro lado, Nietzche observa como el sacrificio y el padecimiento han sido moralizados, y en su crítica a la moral tradicional, señala que el sufrimiento se ha convertido en una forma de vida; trasladado al terreno afectivo, esto explicaría porqué muchas personas confunden el aguante con la profundidad emocional: cuanto más se sufre, más noble parece el amor.
Éste tipo de dinámica suele reforzarse culturalmente a través de frases muy trilladas como: “el amor lo puede todo” o “si duele es porque importa”, normalizamos estas ideas en nuestro diario vivir y en nuestro lenguaje coloquial, el dolor se vuelve una forma de validación afectiva: cuanto más duele, más real es el amor.
Y es aquí donde me encantaría de igual forma citar a la inolvidable Simone de Beauvoir, quien aporta una mirada clave al advertir que el amor puede forjarse y concebirse como una forma de alienación, especialmente cuando uno de los dos individuos involucrados se fusiona con el otro. Amarse desde la renuncia absoluta de sí mismo no es amor, sino pérdida de libertad. Aquí, el masoquismo afectivo aparece como una entrega que niega al propio sujeto.
Comprender que el amor también puede ser sinónimo de cuidado, límites, respeto y bienestar mutuo es un paso fundamental para desaprender el masoquismo afectivo. Porque amar no tendría que doler para ser verdadero, a veces el mayor acto de amor es aprender a no sufrir por quien decidimos amar, es decir un acto de amor propio.
Pues así como lo afirmaba Eric Fromm, desde su perspectiva humanista y poco romántica, el amor no es padecimiento sino una práctica activa basado en el cuidado, responsabilidad y respeto al otro. Es decir que cuando el amor duele de manera constante, deja de ser amor y pasa a convertirse en dependencia.
Reconocer que el dolor no es una prueba de autenticidad, sino muchas veces un síntoma de que hay algo que está ocurriendo y muchas veces de manera desequilibrada, abre la posibilidad de vínculos más libres y sobre todo que nacen desde la conciencia, tal vez el verdadero reto no sea amar más fuerte o apasionadamente sino: amar sin lastimarse al otro.