
Enrique Caballero Peraza
Capítulo XII
Morir bajo la sombra de una palmera
Nadie habla de la muerte cuando se vive al día. No porque
no exista, sino porque se vuelve una vecina constante,
demasiado cercana como para dramatizarla. Aquí la muerte
no siempre llega con estruendo; a veces se sienta a esperar,
paciente, como el calor que no se va ni al anochecer.
Yo la olí antes de entenderla.
No fue miedo lo que sentí, sino cansancio. Un
cansancio hondo, de esos que no se curan con sombra ni con
agua. El cuerpo empieza a volverse lento, las noches más
largas, los sonidos más lejanos. La ciudad sigue ladrando,
pero ya no se le responde igual.
Elegí el lugar sin saberlo del todo.
La palmera estaba inclinada hacia el mar, como si
también ella se rindiera poco a poco. Su sombra no era
amplia, pero bastaba. El suelo estaba tibio. El mar respiraba
cerca. No había nadie vigilando, nadie juzgando, nadie
esperando nada de mí. Por primera vez en mucho tiempo,
no hacía falta estar alerta.
Ahí pensé en la casa de rejas blancas, sin rencor.
Pensé en mi madre, no como ausencia, sino como origen.
Pensé en la calle, en sus golpes y enseñanzas. Pensé en
Acapulco, esa ciudad contradictoria que me expulsó y me
formó al mismo tiempo.
No tuve discursos finales. La vida no suele
concederlos.
Tuve recuerdos dispersos: una noche sin frío, un
pedazo de comida compartido, el mar de madrugada, una
mano que no golpeó. Eso fue suficiente. Nadie necesita
grandes gestas para irse en paz; basta con haber sido fiel a lo
que uno era.
El cuerpo se aquietó. El ruido se hizo distante. La
ciudad siguió. Siempre sigue. Otros ocuparían ese espacio,
otras historias comenzarían donde la mía terminaba. Así
funciona.
Morir bajo la sombra de una palmera no es una
tragedia.
Es un cierre honesto.
No hubo epitafio ni nombre grabado. No hizo falta.
La tierra guarda mejor que cualquier placa. El mar se
encargó del resto.
Si alguien aprende algo de esta historia, que no sea
lástima. Que sea mirada. Que mire más abajo. Que escuche
lo que la ciudad calla. Que entienda que incluso los cuerpos
sin apellido tienen algo que decir sobre el mundo que los
rodea.
Yo viví como mezclé mi sangre: sin permiso, sin
pureza, pero con dignidad.
Y eso, en Acapulco, ya es una forma de victoria.
Epílogo
Nada termina del todo en la calle. Las historias no se cierran:
se dispersan. Quedan en un olor, en una esquina, en una
sombra que alguien esquiva sin saber por qué. El narrador
se fue, pero la ciudad sigue hablando con su voz.
Si al cerrar este libro miras distinto el suelo que pisas,
ya ocurrió lo importante. Si dudas antes de prometer, antes
de patear, antes de ignorar, entonces el callejero sigue vivo.
Porque algunos relatos no buscan final. Buscan
conciencia.
Y si aun así no cambia nada, al menos mira: eso ya es
una forma de vergüenza útil.
