Llevar la cuenta cronológica del acontecer desde el 25 de octubre a la fecha sería intenso y no tan deseado, si es que las condiciones hubieran vuelto a la normalidad después del paso de Otis por Acapulco.
Pero la realidad nos rebasa, como sociedad nos estamos reacomodando, pero no de la manera más adecuada. El hecho de que por un lado siguen un tanto de manera desorganizada la entrega de apoyos (muchos no aparecieron en las siguientes emisiones después de que les dieron el apoyo por limpieza), despensas y enseres, hace que tanto beneficiados como afectados (por no estar en las listas o no censados) dediquen su energía diaria a tratar de ser atendidos.
Y si a eso se le suma la proliferación del dengue, negándose las autoridades a hacer una declaratoria de emergencia sanitaria con respecto a esa enfermedad, con el fin de dedicarle los recursos suficientes para el combate del mosquito transmisor, y no dejarles la responsabilidad a los ciudadanos, ya que las brigadas actuales son insuficientes.
El esfuerzo que la iniciativa privada hace para recuperarse es titánico, pero insuficiente, el cierre de negocios, reducción de actividades, recorte de personal son un hecho innegable. Se carece de un programa bien planeado de apalancamiento para los micro, pequeños, medianos y grandes negocios, de acuerdo a las circunstancias que se están viviendo en el puerto.
¿Qué hace falta? Un poco de empatía oficial, social y privada para sentar las bases de un auténtico plan de recuperación de Acapulco, pero para ello, hay un ingrediente básico del que también se carece: estabilidad, paz, seguridad patrimonial y física de los habitantes de Acapulco.
Pero bueno, ya estamos llegando al mes del amor y la amistad, esperemos que haga el milagro de la reconciliación, unidad y trabajar por el bien común, no solo el particular.
