En Acapulco sucede un hecho muy curioso, cuando a un padre de familia le preguntan ¿porqué permites que tu hijo (a) de 15 años vaya a un antro?, la respuesta por lo general es: Es que la presión es mucha, “todos sus amigos (as) van y pues él (ella) también”.
Pero esta respuesta no es nueva, ha sido tradicional en nuestra sociedad porteña. Lo que pasa es que ahora las condiciones han ido cambiando radicalmente. El mundo que le tocó vivir a los jóvenes en estos tiempos es dramáticamente diferente a lo que vivieron sus padres y abuelos.
Por un lado la tecnología ha sido avasalladora. Los niños y adolescentes no conciben que sus padres no tuvieran celulares a su edad o que desconozcan los adultos todavía cómo navegar en internet. Los famosos gadgets están a la orden del día: celulares, ipod, video juegos, cámaras digitales, cámaras de video, computadoras, laptop, notebook.
Y por otro lado una especie de apatía, indiferencia hacia lo que realmente les está afectando a los jóvenes y que quizá se ha intentado cubrir por los padres con concesiones materiales o económicas, dejando en muchos de los casos a los maestros como responsables de la educación integral de los hijos.
El problema de la violencia, adicciones, incremento de contagios de enfermedades de transmisión sexual y por consiguiente, inicio temprano a las relaciones sexuales, son sólo una pequeña parte del mundo que viven los jóvenes.
Los adultos, más preocupados por la sobrevivencia económica hemos dejado de lado la parte importante de la formación de las nuevas generaciones: el inculcar los valores necesarios, reales para que sean unos buenos ciudadanos.
La violencia juvenil se mide ahora desde la manera en que interactúan entre ellos mismos, con sus parejas, hasta integrarse a actividades ilícitas. Las adicciones en los jóvenes se miden ahora desde el cigarro, alcohol hasta sustancias duras, que se vinculan forzosamente a comportamientos violentos y depresivos. La sexualidad se mide ahora entre los adolescentes en ver quién es el primero (a) que tiene relaciones sexuales a temprana edad, hasta la práctica sin protección que termina en embarazos no deseados o contagio del Sida.
¿Qué estamos haciendo como sociedad para evitarlo? ¿Qué tanto asumimos la responsabilidad de lo que les está ocurriendo a los jóvenes? En los países y ciudades más desarrolladas, la sociedad tiende a protegerlos a través de exigir y darles una mejor educación, espacios deportivos, culturales, oportunidades de empleo, en síntesis demandar políticas públicas serias, integrales y además ser copartícipes en que realmente los adolescentes hagan uso de ellas.
Pero lo principal, que aceptemos los adultos que es nuestra responsabilidad, de nadie más, que los hijos crezcan con valores, con principios, con ética, honestidad y compromiso.
Una vez lo dijo Jaqueline Kennedy: si fracasas como padre, fracasas como ser humano. Por lo que se está viendo en México, habría mucho de dónde cortar





